El expresidente Donald Trump anda dándole vueltas a una decisión que podría encender una nueva crisis internacional: una posible acción militar contra el gobierno de Nicolás Maduro. Aunque todavía no hay una orden firme, en la Casa Blanca se barajan varias opciones, desde golpear bases militares venezolanas hasta tomar el control de los campos petroleros del país sudamericano.

Según funcionarios estadounidenses, Trump no quiere arriesgarse a un fracaso ni exponer a sus tropas, pero varios de sus asesores más cercanos —entre ellos Marco Rubio y Stephen Miller— están presionando para que se dé un paso más agresivo: sacar a Maduro del poder.
Mientras tanto, el Departamento de Justicia trabaja en un análisis legal que podría darle una base jurídica a esas operaciones sin necesidad de que el Congreso de EE. UU. autorice una declaración de guerra. La jugada sería justificar la ofensiva diciendo que Maduro y su cúpula militar forman parte del Cartel de los Soles, grupo que Washington cataloga como narcoterrorista.

Aunque esa idea todavía se cocina, el movimiento preocupa dentro y fuera de Estados Unidos. Sería otro intento de ampliar el poder presidencial para lanzar ataques, algo que ya se vio con los bombardeos selectivos a presuntos narcotraficantes, operaciones que antes solo terminaban con detenciones en el mar y no con ataques con drones.
Cuando la cadena CBS News le preguntó si creía que Estados Unidos se encaminaba a una guerra con Venezuela, Trump respondió: “Lo dudo, pero nos han tratado muy mal”. También repitió su acusación —sin pruebas— de que Maduro envió criminales y presos a EE. UU., incluyendo supuestos miembros del Tren de Aragua.
A pesar de las dudas del propio Trump, el despliegue militar en el Caribe sigue creciendo. Actualmente hay unos 10 000 soldados estadounidenses en la zona, la mitad en buques de guerra y el resto en bases de Puerto Rico. Además, el poderoso portaaviones Gerald R. Ford, con 5 000 marinos y más de 75 aeronaves, está por llegar a la región.
El Pentágono también ha mandado bombarderos B-52 y B-1 para rondar la costa venezolana en una aparente “demostración de fuerza”. Incluso el 160º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales, famoso por sus misiones en Afganistán e Irak, ha realizado ejercicios frente al país de Maduro.
Todo apunta a que este despliegue es una presión psicológica. Trump incluso ha mencionado la posibilidad de autorizar a la CIA a operar dentro de Venezuela, una movida que normalmente se mantiene en secreto.
Entre las propuestas más fuertes están tres escenarios:
1️⃣ Ataques aéreos contra instalaciones militares para debilitar el respaldo de Maduro.
2️⃣ Operaciones especiales con fuerzas élite como los SEAL Team 6 o la Fuerza Delta para capturarlo o eliminarlo.
3️⃣ Tomar el control de aeródromos y campos petroleros estratégicos, algo mucho más arriesgado para las tropas.
Trump, sin embargo, ha sido claro en que no quiere poner en riesgo vidas estadounidenses, por lo que algunos planes se enfocan en armas de largo alcance y drones.

El factor petrolero también pesa. Venezuela tiene las mayores reservas del mundo, y Trump estaría analizando cómo aprovecharlas si el régimen cayera. Aunque en meses pasados Maduro ofreció concesiones petroleras y mineras a EE. UU., Trump las rechazó, y desde entonces la presión militar se ha acelerado.
Empresas como Chevron, que sigue operando en territorio venezolano, están en el ojo del huracán. La compañía mantiene su licencia vigente, aunque con limitaciones, y asegura que su presencia es “una fuerza estabilizadora para la economía local y la seguridad energética de Estados Unidos”.
Mientras tanto, los abogados del Departamento de Justicia buscan cómo encuadrar legalmente cualquier ataque. Quieren basarse en un precedente del 2020, cuando se justificó el asesinato del general iraní Qasem Soleimani al considerarlo una amenaza directa.
En el caso de Venezuela, el argumento sería similar: Maduro como jefe de un grupo narcoterrorista. Pero eso no borra el enorme riesgo político, militar y legal que implicaría un movimiento así.
👉 En resumen: Trump tiene el dedo sobre el botón, pero aún duda si apretarlo o no. La decisión podría cambiar no solo el destino de Venezuela, sino también el tablero internacional.
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