En las ruinas de la central nuclear de Chernóbil, donde la radiación sigue siendo mortal, algo sorprendente ha estado pasando: un moho negro que parece alimentarse de la radiación ha colonizado los rincones más peligrosos del lugar. No se trata de un simple hongo cualquiera; su comportamiento está cambiando la manera en que entendemos la vida y la radiación en la Tierra… y podría incluso proteger a los astronautas en sus viajes espaciales.

En mayo de 1997, Nelli Zhdanova se adentró en uno de los sitios más radiactivos del planeta. Lo que vio la dejó boquiabierta: en techos, paredes y conductos metálicos que antes se creían inhabitables, el moho negro se había instalado, creciendo directamente hacia la fuente de radiación del reactor que explotó en 1986.
Este fenómeno, que Zhdanova llamó “radiotropismo”, era como si los hongos fueran plantas buscando luz, pero en vez de sol, perseguían la radiación ionizante, un tipo de energía que normalmente destruye ADN y mata organismos.

La historia de Chernóbil ya era trágica: la explosión del 26 de abril de 1986 liberó enormes cantidades de yodo y otros radionucleidos, provocando muertes inmediatas y aumentando los casos de cáncer en la zona. Se estableció una zona de exclusión de 30 km, y muchas ciudades, como Prypiat, quedaron completamente abandonadas. 🌳🐺 Sin embargo, mientras los humanos se mantenían alejados, el moho negro y otras especies de hongos estaban prosperando en medio de la radiación.
La clave de este fenómeno parece estar en la melanina, el pigmento que también determina el color de nuestra piel y cabello. En los hongos de Chernóbil, la melanina actúa como un escudo natural frente a la radiación ionizante, absorbiéndola y transformándola en energía que ayuda al crecimiento del moho. Incluso las ranas locales, con más melanina en su piel, sobrevivieron mejor dentro de la zona de exclusión.
En 2007, la científica nuclear Ekaterina Dadachova descubrió que estos hongos no solo crecían hacia la radiación, sino que la utilizaban como alimento, un proceso que llamó “radiosíntesis”. Estudios posteriores mostraron que los hongos irradiados crecían hasta un 10% más rápido que sus compañeros en condiciones normales.

Lo más impresionante es que esta capacidad no se limita a Chernóbil. En 2018, la misma especie de moho, Cladosporium sphaerospermum, fue enviada a la Estación Espacial Internacional. Los resultados fueron sorprendentes: creció más rápido que en la Tierra bajo radiación cósmica y funcionó como un escudo protector, bloqueando parte de la radiación que llegaba a los sensores debajo de las muestras de hongos.
Esto ha abierto un panorama increíble para la exploración espacial. Los astronautas en bases futuras de la Luna o Marte podrían usar “muros” de hongos negros como barrera natural frente a la radiación, evitando la necesidad de materiales pesados como metal o vidrio. La astrobióloga Lynn J. Rothschild, de la NASA, habla de esta estrategia como “micoarquitectura”, donde los hongos no solo reducirían costos de construcción, sino que serían autorregenerativos y eficientes contra la radiación cósmica.

Así como los hongos negros colonizaron un mundo abandonado en Chernóbil, quizás algún día sean los guardianes de los primeros pasos humanos en nuevos mundos del Sistema Solar. 🌌
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