Tener empleo dejó de ser sinónimo de una vida digna para cientos de millones de personas en el mundo. Un nuevo informe de la Organización Internacional del Trabajo advierte que, aunque el desempleo global se mantiene estable, el progreso hacia trabajos decentes se ha estancado y casi 300 millones de trabajadores viven en pobreza extrema, con ingresos inferiores a tres dólares diarios.

El documento Tendencias sociales y de empleo 2026 estima que la tasa de desempleo mundial rondará el 4.9 por ciento este año, lo que equivale a unos 186 millones de personas sin trabajo. Sin embargo, detrás de esta aparente estabilidad se esconde un problema más profundo: el crecimiento del empleo se concentra en los países de bajos ingresos, mientras que en las economías más ricas el envejecimiento de la población reduce la fuerza laboral disponible.
La precariedad se refleja con fuerza en la informalidad. Para 2026 se prevé que alrededor de 2 mil 100 millones de personas trabajen en el sector informal, sin acceso real a protección social, derechos laborales ni seguridad en el empleo. Este fenómeno confirma que millones tienen trabajo, pero no condiciones mínimas para sostenerse ni para salir de la pobreza.
La situación es especialmente grave para los jóvenes. En los países de bajos ingresos, casi 28 por ciento de ellos no estudia, no trabaja ni recibe capacitación, un panorama que la OIT califica como desalentador. Incluso en los países ricos, los jóvenes con estudios enfrentan incertidumbre, ya que la inteligencia artificial y la automatización amenazan con cerrar oportunidades laborales antes de que se consoliden sus carreras.
La desigualdad de género sigue siendo otro lastre persistente. Los avances logrados en años anteriores se han frenado y hoy las mujeres tienen 24 por ciento menos probabilidades que los hombres de participar en el mercado laboral. Las normas sociales y los estereotipos continúan limitando su acceso a empleos formales y bien remunerados en casi todas las regiones.
A este escenario se suma la inestabilidad del comercio internacional. La agitación en las reglas comerciales y el aumento de aranceles, impulsados principalmente desde Estados Unidos, han comenzado a presionar los salarios de unos 465 millones de trabajadores que dependen del comercio global, con impactos visibles en Asia, Europa y otras regiones altamente integradas.
Ante este panorama, la OIT llamó a una respuesta coordinada entre gobiernos, empleadores y trabajadores. Su director general, Gilbert Houngbo, advirtió que sin instituciones más fuertes, inversión en educación y un uso responsable de la tecnología, los déficits de trabajo decente persistirán y se pondrá en riesgo la cohesión social. El mensaje es claro: el problema ya no es solo crear empleos, sino garantizar que trabajar vuelva a ser una vía real para vivir con dignidad.
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