LO ESENCIAL
En 2018, la nave espacial de la NASA llegó al asteroide Bennu y encontró un mundo irregular cubierto de grandes rocas, lejos de las zonas lisas que se habían anticipado. La sonda no detectó las extensas regiones de regolito fino que facilitarían la recolección de muestras.
Andrew Ryan, científico de la Universidad de Arizona, reconoció que el equipo esperaba "algunas rocas" pero no una superficie donde "todo eran rocas". La confusión persistió durante meses.

El misterio se originó en observaciones de 2007. El telescopio espacial Spitzer había medido una inercia térmica baja en Bennu, lo que sugería una superficie que se calienta y enfría rápidamente, similar a la arena de una playa. Las rocas grandes encontradas deberían comportarse como concreto, reteniendo calor por más tiempo.
CONTEXTO
Los datos de sondeo de la misión apuntaron a una primera pista: las rocas podrían ser más porosas de lo calculado. Esta hipótesis se profundizó cuando las muestras llegaron a laboratorios terrestres.

El equipo de Ryan analizó partículas del asteroide mediante tomografía computarizada de rayos X. Las imágenes revelaron redes extensas de grietas dentro de las rocas, además de la porosidad esperada.
Un grupo de la Universidad de Nagoya aplicó termografía activa con láser a las muestras. La técnica mide cómo el calor se difunde por la superficie, permitiendo verificar si las grietas explicaban la pérdida térmica observada.

EN PERSPECTIVA
Los resultados, publicados en Nature Communications, confirman que la combinación de porosidad y fracturas internas resuelve la paradoja: las rocas de Bennu pierden calor tan rápido como la arena, a pesar de su tamaño.
La investigación demuestra cómo las misiones de retorno de muestras permiten verificar —o corregir— interpretaciones basadas únicamente en observaciones remotas.
Etiquetas: NASA, asteroide Bennu, OSIRIS-REx, astronomía, ciencia espacial, Universidad de Arizona, Nature Communications, Nacional · Ciencia y Espacio
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