Ed Mowery, de 55 años, vivía atrapado en un infierno de #DolorCrónico: “Imagina que la peor quemadura de tu vida no se quita jamás”, recuerda. A veces sentía descargas eléctricas, mordeduras de #serpientes o #agujas en todo el cuerpo. Su día a día era un reto: caminar o estar sentado más de 10 minutos era imposible. Tuvo que dejar su trabajo en ventas de electrónica y decirle adiós a tocar guitarra con su banda de death metal, Tiwanaku.

Todo empezó con una lesión grave de rodilla jugando fútbol a los 15 años, y en décadas sufrió múltiples operaciones, desde rodillas hasta columna y tobillos. Nada funcionaba: morfina, oxicodona, otros analgésicos… llegó a tomar 17 pastillas diarias. Hasta que, hace cuatro años, decidió probar algo radical: un ensayo clínico de estimulación cerebral profunda personalizada.
El estudio, recién publicado, ofrece un nuevo enfoque para los casos más severos de dolor crónico y podría abrir camino a terapias menos invasivas, según expertos. Andre Machado, de la Clínica Cleveland, lo define como “un trabajo innovador que aplica tecnología avanzada a un área que había sido descuidada en la medicina”.

En este ensayo participaron seis pacientes con dolores que no cedían con nada. Los investigadores implantaron electrodos en distintas zonas del cerebro y, con ayuda de inteligencia artificial, desarrollaron algoritmos que activaban la estimulación solo cuando las señales de dolor aumentaban. Durante 22 meses, los pacientes recibieron alternadamente estimulación activa o simulada, sin saber cuál era cuál.
El resultado fue impresionante: la estimulación personalizada redujo el dolor diario promedio en un 60%, mientras que la simulada casi no tuvo efecto. Los pacientes podían caminar más, dormir mejor y disfrutar de la vida nuevamente. Dos incluso dejaron por completo los opiáceos, y Mowery redujo drásticamente su medicación.
Según Edward Chang, de la UCSF, el objetivo era reducir el sufrimiento, aunque no siempre el dolor en sí, y entender cómo varía el cerebro entre personas. Con este “sistema de bucle cerrado”, la estimulación funciona como un termostato: detecta el dolor y responde solo cuando es necesario, evitando que el cerebro se acostumbre a impulsos continuos.

Mowery recuerda la fase inicial: “Ducharme era como que me pegaran con navajas de afeitar… y de pronto, el algoritmo funcionó. El dolor se fue”. Desde entonces, tiene quizá un solo día malo a la semana, puede ajustar la estimulación y ha reducido casi toda su medicación. Además, volvió a tocar guitarra, participar en conciertos y terminar un álbum con Tiwanaku.
El estudio todavía es pequeño y costoso, y la técnica no está aprobada oficialmente para dolor crónico, pero los investigadores creen que podría ser tan accesible como un marcapasos en el futuro. Shirvalkar, uno de los neurólogos detrás del ensayo, dice: “Es posible ayudar a la gente de manera real, aunque necesitamos más estudios para confirmar todo”.

Para Ed, el cambio ha sido radical: además de recuperar su vida, está escribiendo canciones sobre su experiencia con la estimulación cerebral profunda, prometiendo riffs tan agresivos como la euforia que siente tras escapar del dolor.
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