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“Aquí no solo curamos cuerpos, también corazones”: la clínica familiar que da un apapacho a migrantes en CDMX.🏥✨

En el corazón de #Nezahualcóyotl, al oriente de #CiudadDeMéxico, hay una clínica muy distinta a lo que uno espera. La #UnidadMédicaBassuary no tiene la pinta de hospital frío y lleno de diplomas. Es una casa de dos pisos, con altares en cada rincón y paredes llenas de fotos: de la doctora Sarahí Hernández cuando era joven, de Pedro Infante y hasta de sus pacientes.

“A mí me gusta ver a la gente a los ojos, tocarlos, darles ese apapacho que tanto nos hace falta”, dice Hernández, de 58 años, mientras recuerda pacientes que llegaron en condiciones extremas. “Me ha tocado atender a personas con el pie prácticamente podrido, oliendo horrible… pero no puedo hacer otra cosa que ayudarles. ¿Qué clase de doctores seríamos si solo atendiéramos a la gente guapa?”.

La Bassuary es una clínica 100% familiar, cuyo nombre surge de las iniciales de los padres y hermano de Sarahí, todos médicos. Aunque no es un hospital como tal, ofrece servicios de urgencias, consultas, cirugías y, sobre todo, algo que pocos brindan: cariño y humanidad.

💉 En México, lugares así suelen llamarlos “clínicas patito”, un término que suena a ilegalidad o mala praxis. Pero la Bassuary no solo cumple con la regulación, sino que muchas veces da un servicio que ni los grandes hospitales logran.

Un refugio para quienes más lo necesitan.

La clínica se ha convertido en un punto de apoyo vital para migrantes que llegan agotados tras atravesar varios países. Aunque hoy representan el 10% de los pacientes, hace meses eran más de la mitad. “Parece que ya no están, pero regresan… porque su situación es dura y aquí siempre los recibiremos”, asegura Hernández.

Historias como la de Vanessa Alejo, migrante venezolana, muestran el impacto del lugar. Su hija de 7 años enfermó y en un hospital público no lograban ayudarla. Fue Hernández quien descubrió que la pequeña tenía tifoidea. “Ella nos dio su número personal, me acompañó en todo el proceso… Si no fuera por la doctora, esa bacteria me mata a mi hija”, confiesa Vanessa.

“Más que médicos, somos humanos”.

La doctora recuerda con cariño a 22 haitianos que llegaron buscando un mejor futuro. Los niños de la clínica jugaban con los suyos en la calle. “No les gustaba el arroz a la mexicana ni las tortillas, solo los plátanos y el pan”, cuenta sonriendo.

Por 200 pesos (unos $10 dólares), o incluso gratis cuando hace falta, Bassuary ofrece atención médica sin pedir papeles ni pertenencia al sistema oficial. Así han llegado brasileños, colombianos, cubanos y venezolanos con historias de abusos y viajes desgarradores.

Inspirada en Patch Adams, Sarahí alguna vez quiso ser actriz, pero descubrió que la medicina también puede sanar el alma. “Te puedo quitar un tumor, pero lo más importante es acompañarte en el proceso”, dice con firmeza.

Y añade: “Aquí no vemos a nadie desde arriba. No solo quitamos el dolor físico, también el emocional. Atendemos cuerpo, mente y espíritu”.

Una solución al sistema colapsado.

En Neza, con apenas dos hospitales y pocas camas disponibles, la Bassuary es un oasis. “Solo en pandemia atendí a 14 mil pacientes por teléfono, chat y en persona”, recuerda Hernández.

Con un sistema de salud pública en crisis, marcado por desabasto de medicamentos, corrupción y desigualdad, clínicas como esta son un alivio para miles.

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Autor Redacción Amaneciendo

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