Desde el 11 de julio, Benito, mejor conocido como Bad Bunny, está dando de qué hablar con su residencia de tres meses en el Coliseo de Puerto Rico. Al principio, los primeros nueve conciertos fueron solo para puertorriqueños, pero desde este fin de semana ya abrieron las puertas para todos, y miles de fans de todo el mundo están llegando al archipiélago. Esto es algo que normalmente ves en Las Vegas, no en una isla que anda lidiando con huracanes, apagones y líos políticos. Pero justo ahí está el rollo.

La movida de Bad Bunny es mucho más que un show: es una declaración. Nos recuerda que no hay que irse para tener éxito, que quedarse en Puerto Rico no es sinónimo de sacrificio. Aquí no solo aguantamos, podemos crecer y brillar invirtiendo en lo que somos mejores: nuestra cultura y talento. Nada de depender de extranjeros que solo quieren beneficios fiscales, sino de apostar por nuestra gente y creatividad.
Benito saltó a la fama en 2016, el mismo año que una junta de control fiscal impuesta por el Congreso comenzó a manejar la economía local. Su música ha sido el himno de nuestras luchas y resistencia, acompañándonos en huracanes, terremotos, apagones y protestas que hasta tumbaron a un gobernador. Más que un cantante, se ha vuelto nuestro embajador en el mundo, mostrando tanto nuestras batallas como la riqueza cultural que tenemos.
Su estilo, siempre en español, mezcla letras que hablan del colonialismo, la corrupción y la crisis energética, con emociones fuertes sobre el amor y la comunidad. Así creó una música protesta que llora, baila y celebra todo al mismo tiempo.
En su último disco, Debí Tirar Más Fotos, Bad Bunny nos lanza una carta de amor y un lamento por un Puerto Rico que se está perdiendo: barrios que desaparecen, tierras vendidas, Airbnb por todos lados y estafas con criptomonedas que parecen comerse nuestra isla.
La gira “No Me Quiero Ir de Aquí” no solo es un concierto, es un mensaje: quedarse y construir es posible, aunque da miedo. Y esa idea no solo cala aquí, sino también en lugares como Cuba o Gaza, donde muchos también enfrentan la difícil decisión de irse o quedarse.
Yo lo he vivido. Salí de Puerto Rico en los 90 para estudiar y quería regresar a enseñar, pero la crisis de deuda y las medidas de austeridad dejaron a mi isla y universidad en jaque. Lo que pensaba que era temporal, se volvió exilio. Pero ahora, una nueva generación está luchando para quedarse: instalando energía solar, recuperando escuelas, creando proyectos sociales para frenar la fuga de talento y mantener vivo el hogar.
Bad Bunny es parte de ese movimiento. A diferencia de antes, cuando los artistas tenían que irse a EE.UU. para triunfar, él dijo que no hará gira allá porque sus fans ya lo han visto bastante. Prefiere enfocar su energía en Puerto Rico, construyendo toda la infraestructura alrededor de sus shows aquí antes de salir al mundo. Se calcula que unas 18,000 personas llenarán el estadio cada noche, sumando medio millón de asistentes al final en septiembre. Eso puede meter más de 200 millones de dólares a la economía local y darle un pequeño pero importante empujón al PIB, según Moody’s.
Las primeras entradas, para locales, volaron en solo ocho horas, vendiéndose en plazas y mercados. Los fans de fuera tuvieron que esperar su turno y pagar más, con paquetes que incluían hotel, para darle fuerza al turismo tradicional y no a los Airbnb, buscando llenar la temporada baja.
Además, se armaron tours y eventos culturales en varias partes de la isla para que el dinero no se quede solo en San Juan. En Vega Baja, donde Benito creció, los visitantes pueden conocer el súper donde hacía la compra o la iglesia donde fue monaguillo.
Fui al estreno gracias a un amigo que hizo fila seis horas para agarrar boleto. Afuera, vendedores ofrecían dulces, artesanías y juegos tradicionales. La gente iba vestida con ropa típica puertorriqueña que Benito ha revivido como símbolo de orgullo: faldas campesinas, guayaberas, botas de trabajo, todo con sabor a barrio.
El concierto fue como una reunión familiar: abuelos cantando, jóvenes bailando y familias enteras disfrutando juntos. También es un punto de encuentro para la diáspora; conozco a gente que viene desde lejos con hijos que visitan la isla por primera vez.
Pero, ojo, esta fiesta tiene su lado complicado. Aunque mueve la economía, también genera presión en la infraestructura, las playas y los barrios, que pueden sentirse invadidos. El alcalde de San Juan tuvo que declarar estado de emergencia por una falla que dejó sin agua a miles justo en plena temporada de huracanes. La red eléctrica podría colapsar con tanta demanda extra.
Por eso, grupos políticos, activistas y artistas están organizando charlas y eventos para que los turistas entiendan bien el contexto detrás de la música y la isla que visitan. Al final, depende de cada quien cómo respetar y valorar esa realidad.
Claro, un concierto no va a resolver los problemas estructurales ni eliminar la austeridad o la junta fiscal, pero muestra lo que podría pasar si apostamos por nuestro talento y nuestra tierra, sin irnos ni rendirnos.
Cuando escuché la última canción rodeada de amigas que, como yo, van y vienen entre la isla y el extranjero, sentí un nudo en la garganta. No solo por lo que pudo haber sido si hubiera sabido que quedarse también es un triunfo, sino por la alegría de ver que esta nueva generación ya sabe que no hay que escoger entre patria o éxito, entre resistencia o alegría. Aquí se puede todo, y eso es lo que Benito nos está cantando fuerte. 🎶🇵🇷
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