El récord de 41 mil millones de dólares en inversión extranjera directa entre enero y septiembre de 2025 es, sin duda, un resultado positivo para México. Enrique Quintana lo reconoce: el nearshoring sigue empujando capitales hacia el país y la manufactura —en especial el sector automotriz— continúa siendo un imán natural para los flujos provenientes, sobre todo, de Estados Unidos. Sin embargo, el análisis a fondo desmonta la narrativa triunfalista del gobierno federal y deja claro que este dato, por sí solo, no implica un cambio estructural.

Detrás del crecimiento hay factores coyunturales: anuncios retrasados por la pandemia, movimientos corporativos específicos y una metodología de registro que puede inflar momentáneamente los números. Además, aunque las “nuevas inversiones” crecen más de 200 %, la economía mexicana apenas avanzará 0.5 % este año, enfrenta presiones arancelarias desde Estados Unidos y mantiene una enorme incertidumbre por la revisión del T–MEC en 2026 y por las reformas impulsadas en el llamado Plan C. No es el escenario de fortaleza que intenta vender el gobierno.
Tampoco puede hablarse de un hito inédito. El sexenio de Peña Nieto atrajo más capital extranjero que el de López Obrador, incluso sin el discurso del nearshoring. La supuesta “era dorada” de la relocalización productiva que presume la actual administración es, en buena medida, una exageración política que oculta que México aún no está capitalizando su potencial real.
Quintana subraya un punto que la narrativa oficial ignora deliberadamente: la IED representa solo una pequeña fracción de la inversión total. Al segundo trimestre de 2025, la formación bruta de capital fijo equivale a apenas 22.6 % del PIB, por debajo del umbral mínimo de 24 % necesario para un crecimiento sostenido. Y peor aún: la inversión pública se ubicó en 2.2 % del PIB, el nivel más bajo en décadas, incluso tras años de megaproyectos militarizados cuyo impacto económico sigue siendo limitado.
El mensaje central es claro: sin inversión privada nacional, la IED no moverá la aguja. El 87 % de la inversión en México proviene de ahorro interno. Si los empresarios perciben incertidumbre por cambios fiscales, por la reforma judicial o por la renegociación del T–MEC, no habrá gasto de capital suficiente, aunque lleguen dólares del exterior. Y hoy la incertidumbre es la norma, no la excepción.
El récord anunciado por Marcelo Ebrard es un dato positivo, sí, pero insuficiente para alterar la trayectoria económica del país. Funcionará como señal de confianza para algunos proyectos industriales y reafirma ventajas como la ubicación geográfica y los costos laborales, pero no sustituye una política seria que estimule la inversión interna, genere certidumbre y construya un entorno más competitivo. Celebrar la cifra es válido; usarla como distractor para evitar discutir la falta de rumbo en inversión nacional es lo que debe cuestionarse.
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