Cuando Arturo Suárez llegó al Centro de Confinamiento del Terrorismo (#Cecot) en #ElSalvador, lo único que pidió fue conservar sus #lentes… pero se los rompieron en la primera golpiza. Después de desmayarse, dos custodios lo cargaron hasta el módulo 8, donde entre marzo y julio de 2025 estuvieron 252 venezolanos deportados desde Estados Unidos.

Al abrir los ojos, escuchó al director del penal, Belarmino García, decir: “Bienvenidos al cementerio de hombres vivos. Ustedes sólo salen de aquí muertos“. Palabras que marcarían los meses siguientes de encierro, miedo y abusos.
Los venezolanos fueron separados de los pandilleros salvadoreños, para quienes la cárcel de máxima seguridad fue construida. Bukele la inauguró en 2023 como símbolo de su política de mano dura contra las maras, que durante años aterrorizaron a la población con asesinatos y extorsiones. Aunque la estrategia redujo drásticamente los homicidios, también ha sido criticada por múltiples violaciones a los derechos humanos.

Algunos de los deportados, como Edwuar Hernández y Mervin Yamarte, recuerdan cómo los recibieron rapándoles la cabeza, obligándolos a ponerse ropa blanca y descalzos. “Nos decían que éramos del famoso Tren de Aragua, aunque nunca tuvimos oportunidad de defendernos”, relata Hernández, quien trabajaba en Dallas antes de su detención.
Los vuelos desde EE.UU. fueron sorpresivos: pensaban que iban a Venezuela, pero aterrizaron esposados en El Salvador, enfrentando golpes y empujones desde que bajaron del avión. Allí comenzó un calvario de cuatro meses, incomunicados y vigilados en cada movimiento.
La vida en el Cecot era de película de terror: celdas con tanques de agua, sanitarios sin privacidad, calor asfixiante y luz permanente. Dormían sobre camas metálicas, compartiendo espacios con hasta 19 personas. Los guardias imponían horarios estrictos para bañarse, comer y moverse; cualquier descuido podía significar golpes o castigos en “la isla”, un área de aislamiento donde los sometían a torturas físicas y humillaciones.

Las rutinas eran de supervivencia: los detenidos inventaban juegos con masa de tortilla, escribían mensajes de aliento a sus familias sobre las literas y enfrentaban abusos psicológicos y físicos diarios. Uno de ellos, Andry Hernández, fue víctima de agresión sexual dentro de la cárcel por su orientación LGBTQ, algo que nunca se atrevió a denunciar por miedo a represalias.
Aun así, los venezolanos encontraron formas de resistir: huelgas de hambre y de sangre, canciones para mantener la esperanza y apoyo de la Cruz Roja, que visitó a todos los detenidos y permitió contacto con sus familias. Incluso lograron enviar señales de auxilio cuando la secretaria de Seguridad Nacional de EE.UU., Kristi Noem, visitó la prisión.
Finalmente, el 18 de julio de 2025, tras un acuerdo entre Venezuela, El Salvador y EE.UU., los 252 migrantes regresaron a su país. La emoción de reencontrarse con sus familias fue indescriptible, pero la experiencia dejó secuelas físicas y mentales: “Físicamente estamos libres, pero mentalmente seguimos en el Cecot”, asegura Hernández.
Ahora, varios planean transformar ese dolor en arte y ayuda social: Suárez y Hernández trabajarán en un documental llamado “Módulo 8, el arte tras las rejas”, mientras Hernández planea abrir una fundación para apoyar a personas en situación vulnerable.
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