A simple vista, Maiwand Banayee parece un hombre común de 45 años que lleva una vida tranquila en Coventry, una ciudad inglesa donde combina su trabajo en el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS) con sus estudios de posgrado y sus rutinas de gimnasio. 💪}

Pero detrás de esa rutina cotidiana hay una historia de transformación radical. En los años 90, Banayee estaba dispuesto a morir como un mártir luchando por los talibanes. Hoy, su objetivo es justo el contrario: evitar que otros jóvenes caigan en el extremismo.
Todo ese cambio lo relata en su libro “Delusions of Paradise: Escaping the Life of a Taliban Fighter” (Delirios del paraíso: escapar de la vida de un combatiente talibán), donde narra cómo fue seducido por las promesas de gloria y “pureza islámica”, y cómo logró escapar de esa trampa mental.
Nacido en 1980 en Afganistán, fue el hijo menor de una familia pastún. De niño, dice, era “blando y sensible”, y su padre lo regañaba por no defenderse. Con apenas 14 años, tras huir de Kabul por la guerra civil, terminó en el campo de refugiados de Shamshato, en Pakistán, donde comenzó su adoctrinamiento.
“Las condiciones eran duras y todo giraba en torno al martirio”, recuerda. Las clases en la madraza (escuela religiosa) estaban llenas de sermones que prometían recompensas celestiales para quienes murieran en combate. “Nos decían que el mundo era impío y que solo el sacrificio nos llevaba al paraíso”, cuenta.
El adoctrinamiento no solo era religioso, también emocional. “Éramos adolescentes hambrientos, pobres y reprimidos. Nos prometían vírgenes hermosas y un paraíso perfecto… eso nos daba esperanza”.
En 1996, Banayee regresó a Kabul, justo cuando los talibanes tomaban el control del país. Se unió al grupo, no como combatiente, sino como promotor de su propaganda, y recuerda que portar un arma y usar turbante lo hacía sentir poderoso: “Era mi manera de demostrar valentía, de sentir que dominaba el mundo”.
Sin embargo, con el tiempo, las dudas comenzaron a surgir. Un día presenció ejecuciones públicas en el Estadio Ghazi de Kabul, algo que lo marcó profundamente. “Vi cómo le cortaban las manos a un hombre y otro era obligado a matar al asesino de su hermano. Pensé: ‘Si esto es el islam, ¿por qué tanta crueldad?’”.

Después de varios viajes entre Afganistán y Pakistán, Banayee terminó escapando en 2001, temiendo una redada policial. Pasó por Rusia, Dubái y finalmente llegó al Reino Unido, donde vivió tiempos difíciles: durmió en parques y hasta se escondió de las autoridades migratorias.
Años después, se estableció en Irlanda, donde se casó con una mujer irlandesa y consiguió la ciudadanía. En 2023 se mudó a Coventry, donde hoy trabaja ayudando a personas con diabetes. Tiene una hija de 17 años que, dice, “está orgullosa de él y conoce toda su historia”.
Banayee asegura que salir del extremismo no fue fácil. Lo describe como un “proceso largo y lento” de desprogramación: “Cada duda era una grieta que poco a poco me vació”.

Su pasado aún lo persigue, pero ahora lo utiliza para prevenir que otros jóvenes sigan ese camino. “Algunos de mis antiguos compañeros se convirtieron en suicidas; yo tuve suerte de cambiar”, afirma.
Desde el regreso de los talibanes al poder en 2021, Banayee teme que la expansión de las escuelas religiosas en Afganistán esté formando una nueva generación vulnerable al extremismo. Por eso insiste en su mensaje:
👉 “A los jóvenes les digo: cuestionen todo. No crean en promesas falsas. El paraíso no se gana con sangre”.
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