Ilona Biskup jamás imaginó que, después de más de tres décadas chambeando sin fallar, terminaría haciendo fila para recibir comida gratis en Miami. Trabajó 32 años, pagó impuestos, juntó para su retiro y hasta logró comprarse un depa frente al mar… pero aun así hoy sus ingresos no le alcanzan para llenar el refri.

Hace apenas cuatro meses, Ilona —que ahora tiene 62 años— se animó a pedir ayuda en Feeding South Florida, el banco de alimentos más grande del sur del estado. Ahí apoyan a una de cada cuatro personas de la zona que ya no pueden costear su despensa. Ese primer día, parada frente a los estantes llenos de productos que antes ni volteaba a ver, sintió que pasaba un límite emocional que jamás creyó vivir.
“Después de haber sido tan exitosa, ahora dependo de comida gratis”, confiesa desde su depa en Miami Beach, donde tiene una vista espectacular de 180 grados. A pesar de recibir US$2,000 al mes de la seguridad social —una cifra que, técnicamente, la mantiene por encima de la línea de pobreza en EE.UU.—, la lana apenas le alcanza para pagar servicios y manutención. Comer, simplemente, no entra en el presupuesto.
Y eso que tiene casa y auto propios. Pero los golpes económicos la dejaron sin margen: dos cánceres le vaciaron los ahorros, y ahora un diagnóstico reciente de Parkinson la obliga a usar lo poco que queda de su retiro para sobrevivir.

Un país donde cualquiera puede caer.
Ilona no es la excepción: forma parte de millones de estadounidenses que viven al día y se desploman con cualquier emergencia. El sociólogo Mark Rank explica que casi 60% de los adultos en EE.UU. pasará al menos un año bajo la línea de pobreza. Y tres de cada cuatro vivirán pobreza o algo muy cercano en algún momento de su vida.
Según Rank, la cosa se explica por dos factores claritos: una red de apoyo social débil y la creación constante de trabajos mal pagados y sin prestaciones. La combinación ha convertido al país en uno de los más ricos… pero, al mismo tiempo, con uno de los índices de pobreza más altos entre las naciones desarrolladas.
Además, la pobreza viene cargada de estigma. “Aquí solemos pensar que si eres pobre, es porque no te esforzaste”, dice Rank. Un juicio que agrava aún más la situación de quienes caen en crisis.
La caída de Ilona: del cielo al golpe más duro.
Nacida en Polonia y ciudadana estadounidense, Ilona hizo carrera como azafata en Pan Am y Delta, donde prefería los vuelos largos porque pagaban mejor. Vivió en Colorado un tiempo, estuvo casada con un piloto y luego se mudó a Miami buscando empezar de cero.
Pero en 2014 recibió el primer mazazo: cáncer de seno. Aun con seguro médico, la quimioterapia, radioterapia y cirugías le generaron gastos enormes. Después vino una operación de 12 horas para una doble mastectomía. Y aunque logró recuperarse físicamente, mentalmente —lo dice ella— se vino abajo por casi un año y medio.
En 2019 llegó el segundo golpe: otro tumor, esta vez en el páncreas, que la llevó a un procedimiento de Whipple, una cirugía muy pesada. Cuando por fin logró ponerse de pie de nuevo… ya no tenía ahorros. Y estaba demasiado débil para volver a trabajar.

La pandemia remató la situación: Delta le ofreció un paquete de retiro y lo aceptó, aunque ella quería seguir activa. A los 60 años, sin empleo, sin ahorros y con historial médico complejo, quedó prácticamente a la deriva.
Y cuando parecía que la tormenta ya había acabado, apareció un nuevo síntoma: temblores en la mano derecha, que seis meses después terminaron en diagnóstico de Parkinson.
Vivir con SNAP: comer con lo justo.
Hoy Ilona forma parte de los 42 millones de estadounidenses que dependen del programa SNAP, la ayuda alimentaria más grande del país. A los beneficiarios se les dan en promedio US$187 al mes; ella recibe US$225. Ese dinero le alcanza solo para lo más básico, así que completa su despensa en Feeding South Florida.
Pero el panorama se complicó más con la reciente decisión del gobierno federal —durante el cierre más largo en la historia del país— de suspender los pagos de SNAP en noviembre. Aunque hubo fallos judiciales en contra, la Corte Suprema terminó validando el congelamiento temporal del programa.
Eso provocó una avalancha de personas buscando apoyo en los bancos de alimentos. Paco Vélez, presidente de Feeding South Florida, dice que los números se fueron al cielo: de atender 40 familias al día… pasaron a más de 120.

Y es que los precios de los alimentos también se dispararon: café, carne y plátanos están notablemente más caros. Muchas familias están al borde del colapso económico: veteranos, madres solteras, personas con discapacidad y quienes, como Ilona, simplemente ya no logran estirar sus ingresos.
Rearmando su vida, poquito a poquito.
Ahora Ilona arma su estrategia para sobrevivir: compra en tiendas al mayoreo para exprimir cada dólar, acude a un centro comunitario donde puede comer gratis y practica Tai Chi y Qi Gong para mantener la calma ante la progresión del Parkinson.

Aunque la vida la ha golpeado duro, dice que no piensa dejar su hogar. “Este departamento es mi refugio”, asegura. “Aquí me recuperé de dos cánceres y aquí quiero vivir lo que venga con el Parkinson”.
Y remata con algo que define su espíritu:
“Haré todo lo posible por seguir viviendo cerca del mar”. 🌊💛
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