Cuando José Luis Iguarán sale de su casa en La Guajira, en el norte de Colombia, se encuentra con un paisaje radicalmente cambiado. Ya no son solo las montañas secas y los cactus, sino una hilera de gigantescas turbinas eólicas que se extienden hasta donde el mar Caribe toca el horizonte.

El pueblo Wayuu, al que José Luis pertenece, ha vivido aquí durante siglos, sustentándose de la pesca, el pastoreo de cabras y la extracción de sal. Esta región, famosa por sus vientos fuertes, se ha convertido en el corazón de la transición energética de Colombia. Aquí se están instalando varios parques eólicos, aprovechando los vientos más potentes del país. Pero, como todo lo que brilla, esto también tiene su lado oscuro.
“Te despiertas y, de repente, lo que antes eran árboles y montañas, ahora son estas turbinas”, cuenta José Luis, con una mezcla de nostalgia y frustración. Los Wayuu tienen una profunda conexión con su territorio, donde el viento es algo más que un recurso natural; es parte de su cosmovisión espiritual.

Aunque La Guajira se ve como el futuro energético de Colombia, no todo es tan sencillo. En este lugar, los proyectos eólicos generan tanto esperanza como resistencia. “Por la noche, el ruido de las turbinas perturba nuestros sueños. Para nosotros, los sueños son sagrados”, explica José Luis, reflejando la preocupación por cómo estos cambios afectan su cultura ancestral.
A pesar de estas dificultades, hay quienes ven los beneficios de los parques eólicos. Isagen, la empresa detrás de Guajira 1, ha invertido en agua potable, mejorado carreteras y construido casas de ladrillo que reemplazan las de barro y cactus. Además, pagan a las comunidades locales un porcentaje de los ingresos por la venta de energía y los créditos de carbono.
José Luis cree que estos proyectos pueden traer un desarrollo vital a la región, que es una de las más pobres de Colombia. Pero no todos piensan igual. Aaron Laguna, pescador wayuu, señala que la comunidad está dividida. “Los parques eólicos pueden generar energía limpia, pero también causan mucha división en las comunidades”, dice Aaron. La falta de transparencia y las compensaciones bajas han generado quejas, y muchos se sienten excluidos de los beneficios que otros han recibido.
Incluso en la consulta sobre el nuevo parque eólico en su pueblo, Aaron y sus vecinos no han visto avances claros. “Las empresas prometen mucho, pero no siempre cumplen”, lamenta.

Para los expertos, el desafío no solo es económico, sino también cultural. Joanna Barney, de Indepaz, advierte que el concepto de “energía verde” no siempre es tan positivo para las comunidades indígenas. “No existe un marco legal que realmente evalúe el impacto social y ambiental de estos proyectos”, afirma.
Incluso empresas internacionales como EDP Renováveis y Enel han tenido que dar marcha atrás en sus proyectos debido a las protestas y demandas de compensación por parte de las comunidades. Y lo que parecía ser una solución para el país, se ha convertido en un conflicto: “Es la guerra del viento”, comenta Joanna Barney.
Y aunque las empresas energéticas como AES Colombia insisten en mantener un diálogo abierto con las comunidades, el desafío persiste. Federico Echavarría, de AES, reconoce que “no podemos hacerlo solos”. El gobierno debe intervenir para evitar que la situación se siga complicando.
Mientras tanto, José Luis, en la playa de Cabo de la Vela, se enfrenta a una paradoja. Aunque los parques eólicos producen electricidad, su comunidad no recibirá ni un kilovatio de esa energía. La electricidad se irá a otros lugares, y ellos seguirán dependiendo de generadores, al menos a corto plazo.
“Energía limpia, sí, pero ¿para quién?”, se pregunta José Luis, mientras sigue observando las turbinas que giran con la misma fuerza que sus dudas sobre el futuro de su tierra y su gente.
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