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#KimYong-nam: el burócrata que sobrevivió a tres generaciones de los #Kim 🇰🇵.✨

A los 97 años y tras toda una vida en la cúpula del poder norcoreano, Kim Yong-nam falleció el pasado lunes, cerrando una era en la historia de Corea del Norte. Su nombre se queda grabado como el de uno de los pocos funcionarios que sirvieron con absoluta lealtad a los tres líderes de la dinastía Kim —Kim Il-sung, Kim Jong-il y Kim Jong-un— sin ser víctima de las temidas purgas del régimen.

Durante más de dos décadas (1998-2019) fungió como presidente de la Asamblea Popular Suprema, un cargo más simbólico que decisivo, pero que lo convertía en el rostro visible del Estado ante el mundo. Antes de eso, fue ministro de Exteriores entre 1983 y 1998, y desde ahí tejió relaciones con países de Asia, África y con el Movimiento de los No Alineados.

Su estilo discreto, su capacidad para mantenerse en segundo plano y su prudencia extrema le valieron el respeto del poder. No tenía lazos familiares con los Kim, aunque compartía apellido (uno de los más comunes en la península), pero sí una fidelidad absoluta al Partido de los Trabajadores de Corea, lo que le garantizó una carrera política sin sobresaltos.

Los analistas coinciden en que Kim Yong-nam dominaba el arte de sobrevivir en un sistema donde un error mínimo puede costar el puesto… o la vida. “Era inteligente, reservado y jamás decía algo fuera de guion”, señalan los expertos.

Durante años fue la cara diplomática del régimen más hermético del mundo. Recibía mandatarios extranjeros, viajaba en representación del país y hasta encabezó la delegación norcoreana en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang en 2018, junto a Kim Yo-jong, hermana del actual líder, en un intento por acercar a las dos Coreas.

Su papel fue clave en aquel breve momento de distensión que derivó en la primera cumbre entre Donald Trump y Kim Jong-un, aunque la paz duradera nunca llegó.

El veterano político se retiró en abril de 2019, con 91 años, marcando un récord de permanencia en el cargo. En su obituario, la prensa estatal lo calificó como “un héroe del trabajo y ejemplo de lealtad inquebrantable”, destacando sus condecoraciones: la Orden de Kim Il-sung y la Orden de Kim Jong-il, las más altas del país.

De orígenes algo inciertos —algunos aseguran que nació en Manchuria (China) y otros en Pyongyang—, se sabe que estudió en la Universidad Kim Il-sung y en la Universidad Estatal de Moscú, combinación que lo volvió un perfil singular dentro del sistema: culto, con experiencia internacional y totalmente alineado al comunismo norcoreano.

Con su muerte, se apaga la última voz de la generación fundadora de Corea del Norte, aquella que acompañó a Kim Il-sung en la creación del régimen en 1948.

Hasta el final, Kim Yong-nam fue el ejemplo perfecto de lo que en Pyongyang llaman “el funcionario modelo”: obediente, predecible y sin aspiraciones personales. En tono de broma, algunos decían que “no tenía huellas dactilares de tanto frotarse las manos ante los líderes”, un chiste que retrata bien su estilo: servil, calculador y eterno sobreviviente.

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Autor Redacción Amaneciendo

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