Sylvia Bloom no era cualquier secretaria. A primera vista, parecía vivir una vida tranquila y sin lujos, incluso cuando en su camino al trabajo durante el caos del 11 de septiembre de 2001 decidió subirse a un autobús en lugar de un taxi. Tenía 84 años y esa elección, según su sobrina Jane Lockshin, mostraba a la perfección su personalidad sencilla y sin extravagancias.

Lo que pocos sabían es que Sylvia había acumulado más de 9 millones de dólares a lo largo de su vida, todo gracias a un método bastante peculiar: copiaba las inversiones de los abogados para los que trabajaba en la firma Cleary Gottlieb Steen & Hamilton, donde laboró 67 años como secretaria. Sin ostentaciones, Bloom convirtió su modesto salario en una fortuna sin que nadie de su entorno se enterara.
Nacida en Brooklyn en 1919, hija de inmigrantes del Este de Europa, Sylvia creció durante la Gran Depresión, y desde joven tuvo que combinar estudios nocturnos con trabajos diarios para ayudar en casa. En 1947, ya trabajaba en el joven bufete de Wall Street, y fue ahí donde empezó a aplicar su ingeniosa estrategia financiera: cuando los abogados compraban acciones, Sylvia hacía lo mismo para sí misma, pero a menor escala.

“Era inteligente, astuta y muy analítica”, recuerda Lockshin. “Hacía todo por sus jefes: cuadraba cuentas, pagaba facturas y manejaba inversiones. Pero mientras ayudaba a los demás, ella también crecía financieramente sin que nadie lo notara”.
Sylvia se casó con Raymond Margolies, bombero y luego maestro, y vivieron juntos en un modesto apartamento de Brooklyn hasta la muerte de él en 2002. Nunca tuvieron hijos y, aunque viajaban a Las Vegas y Europa, su estilo de vida jamás reflejaba la riqueza que Sylvia había amasado. Tras jubilarse a los 96 años, pasó sus últimos días en una residencia de ancianos y falleció en 2014.
La sorpresa llegó dos años después, cuando Jane Lockshin, encargada de su testamento, descubrió que la fortuna de Sylvia sumaba más de 9 millones de dólares. “Fue un momento de ‘¡oh, dios mío!’”, recuerda su sobrina. La mayoría de ese dinero, 6,24 millones de dólares, se donó a la fundación Henry Street Settlement, para financiar becas a jóvenes desfavorecidos en Nueva York. Otros 2 millones fueron repartidos entre distintas instituciones de beneficencia.
El fondo, llamado Becas Bloom-Margolies, apoya a estudiantes desde noveno grado hasta la universidad, ofreciendo orientación académica, tutorías, visitas a campus y acompañamiento hasta obtener su título, todo financiado con los intereses de la donación.

Quienes la conocieron destacan su ética, generosidad, honestidad y discreción. “Nunca hablaba de dinero ni quería llamar la atención”, dice Paul Hyams, de la firma donde trabajó. “Era profesional, leal, modesta… y tenía una risa contagiosa”.
Bloom, la secretaria que nadie imaginó millonaria, dejó un legado silencioso que hoy cambia vidas. Como decía su sobrina, si Sylvia viera toda la atención que sus donaciones recibieron, se avergonzaría, pero seguramente entendería que su secreto ahora ayuda a muchos jóvenes a estudiar y cumplir sus sueños. 🌟
amaneciendo.com.mx Tu ventana al mundo