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Las voces que el régimen quiso silenciar: #Mujeres sirias revelan el infierno que vivieron. 😢🔥

En Siria, bajo el mando de Bashar al Asad, cientos de mujeres vivieron un calvario del que pocas han podido hablar. Durante años, el régimen no solo persiguió a los rebeldes que intentaban derrocarlo, sino que se ensañó con sus familias, usando a esposas e hijos como moneda de cambio para forzar confesiones o presionar negociaciones.

Una de esas historias es la de Kawthar Tamim, quien todavía recuerda el día en que, junto a sus cuatro hijos, fue detenida en un retén a las afueras de Damasco. Era noviembre de 2014, la guerra civil ya llevaba tres años encima y la violencia no distinguía si una mujer había combatido o no: bastaba con ser esposa o hija de un rebelde para terminar en una celda subterránea.

Tamim, que en ese entonces tenía 34 años, fue llevada junto con sus hijos —que tenían entre 2 y 14 años— a una prisión manejada por la Cuarta División Blindada, una unidad militar cercana a la familia Al Asad. Ahí permaneció seis meses, sometida a interrogatorios brutales y separada de tres de sus pequeños, quienes fueron enviados a un orfanato del gobierno.

Las cicatrices más profundas no fueron solo físicas. Las mujeres que compartieron su testimonio al grupo de apoyo de la Asociación de Personas Detenidas y Desaparecidas de la Prisión de Sednaya relataron cómo las “desaparecían” sin juicio ni explicación, hundiéndolas en un sistema donde la tortura era parte del menú diario. Muchas aún batallan para rehacer su vida.

Los relatos son estremecedores. Tamim contó que el primer día sus interrogadores le exigieron la ubicación de su esposo rebelde. Ante su silencio, le estrellaron la frente contra una mesa. Al día siguiente, la acusaron de traficar armas y la golpearon hasta dejarla inconsciente. Pero el tercer día fue el más oscuro: la obligaron a presenciar cómo golpeaban a sus hijos, empezando por su hijo Baraa, de 14 años, y luego a Shaimaa, de 11. Fue entonces cuando dejó de resistirse a declarar “lo que quisieran”.

Su calvario continuó en la prisión de Al Jatib, donde semanas después las autoridades le arrebataron a los tres más pequeños para enviarlos a un orfanato. Baraa, mientras tanto, fue enviado a una cárcel de hombres. Investigaciones recientes mostraron que cientos de niños fueron separados a la fuerza y colocados en orfanatos con identidades falsas.

Pero Tamim no es la única.

Sabah Harmoush, hoy con 37 años, también fue detenida junto a sus hijos y su suegra, Houda Mohammed Ajami, apenas en marzo del año pasado, poco antes de que los rebeldes derrocaran al régimen. En la prisión de Mezzeh, relataron haber recibido patadas, puñetazos y latigazos durante los interrogatorios. Los niños terminaron masticando sus propias sandalias por el hambre antes de que los enviaran a un orfanato.

Ajami pasó cuatro meses detenida; Harmoush logró escapar solo cuando el régimen cayó en diciembre, reencontrándose con sus hijos después… aunque los dos más pequeños ya no la reconocían.

Y para otras mujeres, el tormento fue repetido. Mayada Alshamali, esposa de un rebelde de Douma, fue detenida dos veces: en 2013 junto con seis de sus hijos, y de nuevo en 2015, cuando incluso fue separada de su bebé de apenas dos meses, al que aún amamantaba.

Las condiciones en Al Jatib eran especialmente inhumanas. Iman al Diab, hoy de 40 años, pasó ahí dos años tras ser detenida en 2014 por su activismo político. Ella y decenas de mujeres más vivían hacinadas en una sola celda, turnándose para poder dormir o incluso para poder permanecer de pie. La luz nunca se apagaba y la tortura, según contó, incluía descargas eléctricas, golpes y ataduras constantes. “Dormíamos solo para ver a nuestros hijos en sueños”, dijo.

Una de sus compañeras, Azab, relató que tardó un año en encontrar a sus hijos tras su liberación, pues vivían con su exesposo. El más pequeño tampoco la reconoció.

Tamim finalmente recuperó a su familia en mayo de 2015, cuando fue liberada junto a Baraa como parte de un intercambio negociado por rebeldes que entregaron los cuerpos de cuatro oficiales del régimen y 12,000 dólares. Esa misma noche fueron por los otros niños al orfanato. Cuando los vio correr hacia ella, sintió que por fin despertaba de la pesadilla.

El más pequeño, Mugheira, que tenía menos de tres años cuando lo separaron de ella, la abrazó fuerte del cuello y le preguntó:
“¿Eres mi mamá?”

Y no la soltó.

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Autor Redacción Amaneciendo

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