La reciente detención de José Gabriel Soto Martínez, conocido como El Uber, dejó al descubierto con mayor nitidez la forma en que el Cártel Jalisco Nueva Generación administra el control territorial en la zona metropolitana de Guadalajara. El arresto, realizado durante un operativo federal en Zapopan, expuso una estructura fragmentada, basada en jefes de plaza con amplio margen operativo pero subordinados a una jerarquía central encabezada por Nemesio Oseguera Cervantes.

De acuerdo con información de inteligencia difundida en redes especializadas en seguridad, la cadena de mando parte de El Mencho y desciende hasta responsables específicos de municipios estratégicos como Guadalajara, Zapopan, Tonalá, Tlaquepaque, Tlajomulco de Zúñiga y El Salto. Todos estos mandos locales reportan a Francisco Javier Gudiño Haro, alias El Plumas o La Gallina, quien a su vez responde ante Carlos Andrés Rivera Varela, identificado como La Firma.
El caso de El Uber es ilustrativo del nivel de violencia y control que ejercen estas células. Soto Martínez era responsable del norte de Guadalajara y coordinaba actividades de extorsión, secuestro, homicidio y tráfico de armas, además de la administración de recursos ilícitos. Su grupo ha sido vinculado con desapariciones masivas en Jalisco desde 2006 y con centros de entrenamiento y reclutamiento forzado localizados en zonas rurales cercanas a la capital del estado. Tras su captura, se desconoce quién asumirá su lugar.
En Guadalajara, la plaza estaría bajo el control de un operador conocido como El Chespi, cuya identidad real no ha sido confirmada oficialmente. Su figura ha sido retratada en corridos que describen su lealtad al cártel, su paso por el penal de Puente Grande y su consolidación como jefe local con respaldo de mandos superiores. Este tipo de referencias musicales ha servido para perfilar el imaginario criminal y reforzar su presencia territorial.
Zapopan estaría bajo la supervisión de un mando apodado El H, de quien existe poca información pública, pero que es descrito como un operador armado, discreto y con formación dentro de círculos cercanos a Ricardo Ruiz Velasco. En Tlaquepaque, el control recaería en un sujeto conocido como El Gordo, vinculado por reportes de seguridad a ataques armados y confrontaciones con fuerzas federales.
Tonalá aparece bajo la influencia de El Piña, un operador descrito en corridos como parte de una red familiar dedicada a actividades ilícitas, mientras que en El Salto opera un mando identificado como El Fantasma, cuya identidad sigue sin esclarecerse pese a menciones recurrentes en informes policiales. Finalmente, Tlajomulco de Zúñiga estaría bajo la supervisión de El Chungo, un personaje del que tampoco existen expedientes públicos, pero cuya posición indica control sobre células dedicadas a delitos de alto impacto.
La radiografía de estos ocho operadores confirma que el CJNG mantiene su dominio en la zona metropolitana de Guadalajara mediante una administración territorial descentralizada pero disciplinada, donde la autonomía local convive con una obediencia estricta a la cúpula. La caída de uno de estos alfiles no desmantela la estructura, pero sí deja al descubierto la profundidad y complejidad de un aparato criminal que sigue operando con fuerza en el corazón de Jalisco.
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