Mauricio Hoyos aún recuerda con escalofríos la presión sobre su cabeza cuando un tiburón de más de tres metros lo atrapó entre sus fauces. Todo pasó tan rápido que apenas alcanzó a agachar la cabeza para proteger su cuello antes de sentir cómo los dientes del animal se cerraban sobre él.

“Cuando cerró la boca, sentí la mordida y un segundo después me soltó”, contó el biólogo marino a BBC Mundo desde su casa en La Paz, Baja California, tras más de un mes de recuperación.
Con más de 30 años estudiando tiburones en su hábitat natural, Hoyos sorprende por su calma. En lugar de jurar no volver al agua, ya tiene programado su regreso: “Me dieron de alta y el 14 de noviembre ya estaré buceando otra vez”, dice con una sonrisa.
Lleva con orgullo la cicatriz en su mejilla, una “marca de batalla” que —según él— parece branquias. No guarda rencor, al contrario: asegura que el ataque fue una simple reacción defensiva del tiburón.
“Fue como cuando un perro te marca la mordida para que no te acerques. No lo hace por maldad, sino por instinto. Tal vez era una hembra embarazada y solo se estaba defendiendo”, explicó.

El ataque ocurrió en aguas de Isla del Coco, en Costa Rica, mientras realizaba trabajo de investigación. Hoyos trataba de colocar una marca acústica en una tiburona galápagos cuando el animal giró inesperadamente y lo embistió.
“Bajé la cabeza y sentí cómo la mandíbula inferior me perforó la mejilla y la superior la cabeza. Estuve dentro de su boca solo un segundo, luego me soltó”, recordó.
El problema no terminó ahí: los dientes del tiburón rompieron su manguera de oxígeno y una parte de su careta, dejándolo sangrando y sin aire a 40 metros de profundidad. Con el aire escapando y la vista nublada por la sangre, tuvo que ascender regulando manualmente su respiración.

“Busqué la luz que sabía era la superficie y empecé a subir despacio, sin movimientos bruscos, para no provocarla”, relató.
Cuando logró salir, sus compañeros lo subieron al bote y dieron aviso a los guardaparques. A pesar del susto, la mordida no fue lo que más dolió: “Fue el golpe, como si me hubiera atropellado un carro”, contó.
Los médicos que lo atendieron calificaron su recuperación como “impresionante”. Ninguna de las heridas se infectó, y a los pocos días ya lo estaban evaluando para una cirugía reconstructiva.
“Me dijeron que mi evolución fue increíble, sobre todo porque las mordidas estaban cerca del cerebro”, relató.
Hoyos asegura que la experiencia solo reforzó su respeto por los tiburones, a los que considera esenciales para mantener el equilibrio en los océanos.
“Ellos son el sistema inmune del mar. Comen lo viejo y lo enfermo, y mantienen sano el ecosistema”, explica.

El biólogo, conocido por su trabajo con especies como el tiburón blanco y el tiburón tigre, se declara más convencido que nunca de seguir estudiándolos. “Esta cicatriz es mi recordatorio de que esa tiburona me perdonó la vida. Y mientras viva, voy a seguir defendiendo a los tiburones.” 🐋
Hoyos planea volver a Isla del Coco en enero, al mismo sitio donde ocurrió el ataque. Y como logró colocarle la marca acústica antes del incidente, existe la posibilidad de volver a encontrarse con la tiburona que casi lo mata… y lo perdonó.

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