La caída de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, dejó una estela de bloqueos, incendios y miedo que todavía se respira en varias zonas del país. En Guadalajara, capital de Jalisco, la mañana después de los ataques amaneció con calles vacías, gasolineras cerradas y autos calcinados como testigos del caos.

Durante horas, familias enteras se resguardaron en sus casas mientras hombres armados incendiaban vehículos y bloqueaban avenidas. Más de mil visitantes quedaron atrapados en el zoológico de la ciudad, donde pasaron la noche ante el riesgo de salir a carretera. Escuelas, mercados y comercios bajaron cortinas; el transporte se paralizó y el silencio se volvió inquietante.
Aunque la violencia disminuyó con el paso de las horas, la incertidumbre permanece. Habitantes relataron escenas de disparos, persecuciones y negocios en llamas. En municipios como Tapalpa, al sur del estado, persistieron bloqueos que limitaron la entrada y salida de personas, incluso personal médico.

Si bien el gobierno federal calificó la operación como un golpe histórico contra uno de los criminales más buscados, especialistas y ciudadanos coinciden en que el impacto del cártel no desaparece de la noche a la mañana. En Jalisco, donde se reportan miles de personas desaparecidas en los últimos años, el temor sigue latente.
La ciudad retoma poco a poco su ritmo, pero el mensaje es claro: cuando cae un líder criminal, las repercusiones pueden sacudir a comunidades enteras.

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