Cuando la actriz Sylvia Milo visitó el museo de Wolfgang Amadeus Mozart en Viena, un pequeño retrato familiar cambió su vida. Allí, junto al joven genio del piano, aparecía una mujer tocando con él. No era Constanze. Era su hermana mayor: Maria Anna, apodada Nannerl.

Lo que descubrió después fue revelador: antes de que el mundo alabara a Wolfgang, él admiraba profundamente a su hermana.
🎼 La primera estrella fue ella.
Nannerl nació en 1751, cinco años antes que Wolfgang. Su padre, Leopold Mozart, le enseñó clavecín desde pequeña y pronto quedó claro que era una virtuosa. De hecho, muchos historiadores coinciden en que, en la infancia, ella era la pianista más destacada de los dos.
Wolfgang aprendió observándola. Practicaba con su cuaderno de ejercicios —el famoso Nannerl Notenbuch— y componía piezas donde la parte difícil era para ella. La Ópera Nacional Inglesa lo resume así: Mozart idolatraba a su hermana.

Durante más de tres años, ambos recorrieron Europa tocando ante cortes reales, incluida la de la emperatriz María Teresa en Viena. Recibían honorarios, vestidos lujosos y ovaciones. La prensa de la época describía a Nannerl como una intérprete brillante, capaz de ejecutar las piezas más complejas con precisión asombrosa.
🚪 El límite por ser mujer.
Pero al cumplir 18 años, todo cambió. Las giras se detuvieron para ella. Su padre decidió que debía quedarse en Salzburgo para no comprometer sus posibilidades de matrimonio.
En el siglo XVIII, que una mujer actuara públicamente por dinero podía “manchar” su reputación. Mientras Wolfgang continuó viajando y componiendo, ella quedó relegada al ámbito doméstico.
Aun así, Nannerl nunca abandonó la música. Dio clases —algo inusual para una mujer en esa época—, tocó en privado, opinó sobre las composiciones de su hermano y conservó cientos de cartas familiares que luego permitirían escribir la primera biografía de Mozart.
💌 Una relación de amor y respeto.
Lejos de los celos, las cartas muestran cariño y complicidad. Wolfgang le enviaba partituras y esperaba su opinión. Ella analizaba sus obras con ojo crítico. Eran un equipo.

Tras enviudar, Nannerl retomó con más fuerza su labor como maestra de piano e incluso ofreció algunas presentaciones como solista. En su casa tenía un pequeño cuarto con su fortepiano: no era un gran salón, sino un espacio íntimo para ella y su arte.
🎶 La otra Mozart.
La historia de Nannerl no es la de una mujer frustrada, sino la de alguien que, pese a las restricciones de su tiempo, nunca dejó de tocar.

Quizá el mundo no la convirtió en leyenda como a su hermano, pero durante la infancia del genio más famoso de la música clásica, la estrella que brillaba con más fuerza en casa era ella.
amaneciendo.com.mx Tu ventana al mundo