Eran alrededor de las 2:00 de la madrugada cuando un misil impactó de lleno en el Bloque 12, un edificio habitacional ubicado en Catia La Mar, estado de La Guaira. Para quienes vivían ahí, la guerra dejó de ser una noticia lejana y se convirtió en una pesadilla real.

Wilman González, electricista de 54 años, dormía cuando la explosión lo lanzó contra la pared. “La onda expansiva me tiró. Pensé que ya había muerto”, recuerda. En el suelo, con una astilla incrustada en el rostro, se despidió de su vida por unos segundos. Luego reaccionó y fue a auxiliar a sus hermanos, aturdidos por el impacto.
El Bloque 12, habitado en su mayoría por personas adultas mayores y ubicado cerca de la Academia de la Armada Bolivariana, quedó parcialmente destruido tras el bombardeo ordenado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante la operación militar que culminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.

Una víctima civil y decenas de familias marcadas.
Wilman sobrevivió, pero su tía Rosa González, de 79 años, no. Dormía en la habitación contigua cuando una lavadora salió proyectada por la explosión y le cayó encima. “Gritaba que le dolía el brazo y que no podía respirar”, relata su sobrino. Aunque fue trasladada de urgencia a un hospital, falleció horas después.
Rosa se convirtió en uno de los rostros civiles del ataque. Según autoridades venezolanas, la operación dejó alrededor de 100 personas muertas, entre civiles y militares.

“Mira cómo quedó… no es justo”.
Dos días después del bombardeo, familiares y vecinos velaron a Rosa en una pequeña capilla. Wilman, ahora refugiado en casa de un familiar, observa los escombros de lo que fue su hogar. “No es justo. Nosotros no estamos en guerra”, dice, señalando paredes derrumbadas, vidrios rotos y pertenencias destruidas.
Los restos del misil fueron retirados por el gobierno, pero el miedo permanece. “Estamos asustados. Esto solo se ve en películas”, afirma.
“Estamos vivos de milagro”.
Jorge Cardona, vecino de 70 años, estaba despierto cuando escuchó la explosión. “Todo voló. La pared del vecino cayó dentro de mi casa”, cuenta. Quedó tendido entre escombros, convencido de que no sobreviviría. “Pensé que estaban atacando, pero nunca pensé que me iban a atacar a mí”.

Algo similar vivió Jesús Linares, bombero con 28 años de servicio, quien dormía junto a su hija adolescente. Al escuchar el zumbido previo al impacto, reaccionó de inmediato. “Nos están invadiendo”, le dijo a la joven antes de arrojarse al suelo. Su entrenamiento le permitió auxiliar a una vecina herida y poner a salvo a su familia.
Secuelas que no se ven.
Aunque hoy colabora en las labores de reconstrucción, Jesús admite que el ataque lo marcó. Desde entonces, se despierta todas las noches a las 2:00 de la mañana. “A esa hora regresa todo, como una película”, confiesa.

El Bloque 12 perdió al menos ocho departamentos. Sus habitantes perdieron algo más difícil de reconstruir: la sensación de seguridad.
💬 Cuando los misiles caen sobre casas y no solo sobre cuarteles, la guerra deja de ser estrategia y se vuelve tragedia humana. 💔
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