En Pomuch, Campeche, un pequeño pueblo de unos 10 mil habitantes en la península de Yucatán, la muerte no es el final, sino una cita anual llena de cariño, polvo y huesos. Aquí, los vecinos desentierran los restos de sus familiares para limpiarlos con respeto y amor, en una tradición que ha pasado de generación en generación y que hoy enfrenta un nuevo desafío: el turismo curioso.

“Es con amor y cariño”, dice Jorge Jurado, de 66 años, mientras pasa un paño blanco por los huesos del primer esposo de su actual mujer, María Luisa Euan, de 69. Ella sonríe y comenta tranquila: “A nuestra edad ya no hay celos, y menos con los finados que descansan”.
Este ritual, que tiene raíces mayas, consiste en sacar los huesos, desempolvarlos y envolverlos en una nueva tela blanca bordada para luego regresarlos a su caja hasta el próximo año. Los antiguos mayas creían que los difuntos seguían cuidando de los vivos, y esa creencia sigue viva entre los habitantes de Pomuch.
Durante las semanas previas al Día de Muertos, el cementerio del pueblo se convierte en un mosaico de colores, oraciones y sentimientos. Familias enteras se reúnen con brochas, ron o cal viva para limpiar con cuidado los restos de sus seres queridos. “No los puedo ver físicamente, pero sí los puedo tocar”, dice Mauro Canul, un marino de 41 años que limpia los huesos de sus abuelos.

Pero lo que antes era un acto íntimo ahora llama la atención de los visitantes. En los últimos años, Pomuch se ha vuelto parada obligada en el circuito turístico del Día de Muertos, y cada vez llegan más extranjeros con cámaras y drones para presenciar la tradición.
Algunos turistas, como Chiara Ciliberti, de Italia, confiesan que no podrían hacer lo mismo con sus familiares, aunque observan con respeto. Sin embargo, no todos los pobladores están contentos con esta exposición. “La ritualidad es algo totalmente privado”, advirtió Carlos Ucán, legislador estatal, luego de que el gobierno local intentara cobrar 30 pesos por “participar” en la limpieza de huesos. Ante la polémica, el alcalde Cevas Yam reculó y aclaró que fue un malentendido, aunque admitió que busca equilibrar el turismo con la conservación cultural.
A pesar del debate, muchos vecinos ven con buenos ojos la llegada de visitantes. José Fernández, un manitas local, limpia huesos ajenos por 40 pesos la caja y dice que ahora tiene más trabajo que nunca. Otros, como Dulce Cohuo, de 84 años, simplemente esperan que sus hijos y nietos sigan la costumbre: “Es una cadena que no se puede romper”.

Hoy, la tradición se mezcla con la fiesta. Las calles de Pomuch lucen murales de calaveras, y cada año miles de personas llegan para el festival del Día de Muertos, donde no faltan los desfiles, la música y el pibipollo, ese enorme tamal yucateco cocido bajo tierra que simboliza el ciclo de la vida y la muerte.
“No solo honramos a nuestros muertos”, dice el profesor Marco Mut, uno de los organizadores del festival. “Convivimos con ellos todos los días”.
✨ En Pomuch, el amor trasciende la vida… y ni el polvo de los huesos logra borrar la conexión entre los vivos y los que ya partieron.
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