Entre 1965 y 1973, más de 250 personas fueron sometidas a terapias eléctricas de conversión en hospitales del Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS). La promesa era “corregir” su orientación sexual o identidad de género; la realidad fue dolor físico, trauma psicológico y vidas marcadas para siempre.

La investigación revela que adolescentes y jóvenes eran atados a sillas, conectados a electrodos y expuestos a descargas eléctricas mientras veían imágenes, en un intento brutal por asociar la atracción con el dolor. Muchos no dieron consentimiento informado, otros fueron amenazados por escuelas, médicos o tribunales, e incluso menores pasaron por estas prácticas.
Jeremy Gavins, hoy de 72 años, contó que los choques fueron tan fuertes que perdió el conocimiento y despertó días después en el hospital. Pauline Collier, ahora de 80, recuerda sesiones repetidas que la hacían sudar, estremecerse y vivir con miedo constante. Carolyn Mercer, mujer trans, lo resume sin rodeos: “No fue terapia, fue tortura”.

Uno de los focos estuvo en el hospital Crumpsall de Manchester, donde 73 personas fueron sometidas a estos procedimientos bajo la supervisión de Philip Feldman y Malcolm MacCulloch. Estudios posteriores sugieren que los casos podrían llegar a 1,000, ya que muchos nunca se registraron formalmente.

Hoy, aunque el NHS y el Real Colegio de Psiquiatras abandonaron estas prácticas, la terapia de conversión sigue siendo legal en Reino Unido y ocurre en ámbitos privados. Tras el reportaje, el gobierno anunció que revisará el uso histórico de estas terapias y crecen los llamados a una disculpa oficial. La ministra de Igualdad, Olivia Bailey, fue clara: “No tienen lugar en la sociedad y deben terminar”.

Un capítulo que duele leer, pero que no se puede borrar. Nombrarlo es el primer paso para que no se repita. 💥📢

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