Mientras los misiles van y vienen entre Israel e Irán, lo que realmente se está enfrentando son dos formas radicales de pensar, dos estrategias completamente equivocadas. Y aunque suene loco, Donald Trump podría ser quien ponga orden en este caos, si se decide a meter las manos.

Por un lado, está la forma en que Irán y su aliado Hizbulá manejan sus conflictos: con una lógica de “más loco que tú”. O sea, ellos siempre van un paso más allá, creyendo que mientras más extremos sean, más fácil será doblegar a sus enemigos. Es un juego peligroso que han llevado hasta las últimas consecuencias: desde el asesinato de Rafik Hariri hasta los ataques a la embajada de EE. UU. en Beirut o el apoyo a Bashar al Asad para mantenerse en el poder a costa de su propio pueblo. Irán y Hizbulá han dejado claro que no tienen límites.
Esa táctica de locura sin freno les funcionó para sacar a Israel del sur del Líbano, pero ahí se estancaron. Pensaron que podrían borrar del mapa al Estado judío, como si los israelíes fueran colonos de paso que regresarían “a su Bélgica”, pero no es así. Los judíos israelíes están tan arraigados a esa tierra como los propios palestinos, y en un conflicto donde se trata de sobrevivir, no hay quien los supere en determinación.
De hecho, cuando toca responder, Israel no sigue las reglas internacionales… aplica las del vecindario, lo que en Medio Oriente significa usar fuerza bruta. Como en Hama en 1982, cuando el régimen sirio arrasó barrios enteros para aplastar a los Hermanos Musulmanes. Así se juega en la región, y los líderes de Irán y Hizbulá subestimaron esa realidad, y algunos ya lo están pagando con su vida.
Pero ojo, del otro lado tampoco se cuecen habas. Netanyahu y compañía también caen en su propia trampa estratégica, creyendo que todo puede resolverse “de una vez por todas” con una megaoperación militar. Pero eso es un error igual de grande. ¿La prueba? Israel lleva 58 años en Cisjordania y no ha logrado borrar a Hamás ni al nacionalismo palestino. Los palestinos no se van a rendir, ni a desaparecer.
Entonces, ¿qué puede hacer Trump? Pues si realmente quiere lucirse como pacificador, tiene una ventana de oportunidad enorme. Podría lanzar una jugada doble:
- Reforzar el poderío de Israel con tecnología militar de alto nivel, como bombarderos B-2 y bombas antibúnker. Pero con una condición: Irán tendría que permitir una inspección total de sus instalaciones nucleares y aceptar controles estrictos del OIEA. Solo así podrían conservar un programa nuclear civil.
- Reconocer públicamente el derecho de los palestinos a tener su propio Estado, siempre y cuando ellos también den pasos claros: crear una nueva Autoridad Palestina sin corrupción y con verdaderas intenciones de convivir con Israel.
Y claro, Trump tendría que poner freno a la expansión de asentamientos israelíes, como los 22 nuevos aprobados en mayo en Cisjordania, que solo echan más leña al fuego.
Si todo esto se combina con un apoyo serio a nuevas negociaciones para una solución de dos Estados —basado, si se quiere, en el viejo plan de paz de Trump como punto de arranque— entonces sí estaríamos hablando de un verdadero intento de paz.
Porque sí, en Medio Oriente hay que estar dispuesto a ser duro… pero eso no basta. Si no se mezcla la fuerza con la diplomacia, todo seguirá igual o peor, como lo hemos visto en Gaza. Es momento de pensar con cabeza fría y no dejar que Estados Unidos se convierta ni en títere de Netanyahu ni en chivo expiatorio de Irán.
La clave está en trazar fronteras claras, que Irán deje de jugar al imperio, que Israel ponga límites a su expansión, y que los palestinos definan su camino entre el río y el mar con realismo.
Ahora, la gran pregunta: ¿Trump tendrá el valor y la visión para mover las piezas? Como diría el experto Dennis Ross, es el momento ideal para aplicar “diplomacia coercitiva”. ¿Estará listo? Pronto lo sabremos. ⏳
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