Una llamada inesperada entre la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente Donald Trump marca un giro estratégico en la guerra comercial. Ambas partes aspiran a cerrar un principio de acuerdo que permita evitar un desastre económico antes del plazo final del 9 de julio.

Bruselas confía en sellar un pacto somero antes del 1 de agosto, introduciendo un arancel universal del 10 % como concesión mínima. Estados Unidos insiste en mantener su amenaza principal: aranceles de hasta 50 % en sectores como acero, autos y agricultura si no se avanza.
Las negociaciones se intensifican con reuniones urgentes en Washington y conversaciones a nivel técnico y político que involucran a comisarios europeos y representantes del sector automotriz y manufactura. La presión es máxima: Alemania, España e Italia presionan por estabilidad inmediata.
Von der Leyen calificó de imposible alcanzar un acuerdo en detalle antes de la fecha límite, por lo que ha apostado por una fórmula tipo entendimiento de mínimos, similar al alcanzado con Reino Unido. Se desestima un tratado completo y se prioriza firmar algo que calme los mercados.
El temor subyacente en Bruselas es que la imprevisibilidad de Trump anule cualquier avance. Aunque se habla de avances, las autoridades europeas se preparan también para activar represalias por hasta 95 000 millones de euros si el pacto falla.
El acuerdo proyectado sería apenas un primer paso simbólico. Si bien evitaría una escalada arancelaria inmediata, el pacto provisional genera recelo entre quienes temen que ceda demasiado ante la presión estadounidense sin garantías reales para Europa.
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