Imagina estar un año entero incomunicado, sin vecinos, sin tiendas, ni hospitales… y con un dolor de muela terrible. Pues eso vivió Bob Kull, un estadounidense que en 2001 decidió aislarse en una isla perdida de la Patagonia chilena con su gato y un propósito muy claro: descubrir qué pasa cuando uno se enfrenta cara a cara con la soledad.

¿El reto más salvaje? Un absceso dental lo obligó a considerar si llamaba al ejército. Pero eso arruinaría su experimento. ¿La solución que le dio su amiga Patty, que era enfermera? “Átate el diente a una cuerda y haz lo que han hecho por siglos: sácatelo tú solo”. Y así fue. ¡Lo logró usando sólo su fuerza de cuello! 😱
La vida de Bob siempre fue distinta. Creció en la pobreza en el sur de California, sin privacidad, sin mucho afecto, pero sí con un gran amor por la naturaleza. Desde niño buscaba perderse entre árboles y ríos, porque ahí, lejos de la mirada ajena, podía ser él mismo.
Ya de adulto, se fue a Canadá para evitar ir a la Guerra de Vietnam, vivió mil oficios, pero también tocó fondo. Se convirtió en un tipo machista, perdido, vacío, según sus propias palabras. Hasta que decidió reconectarse y pasó tres meses solo en un bosque canadiense, donde hasta pensó que un oso iba a devorarlo. Pero ahí, en plena oscuridad, se entregó al momento y encontró algo espiritual.

Más adelante, tras perder una pierna en un accidente, todo cambió. Se metió a estudiar un doctorado en Canadá y decidió irse a un lugar extremo: el archipiélago Última Esperanza en el sur de Chile. Lo hizo con kayak, comida, herramientas… y su michi.
No fue nada fácil: frío brutal, humedad, soledad aplastante, y hasta problemas con los materiales de construcción. Aún así, Bob construyó su cabaña, meditaba a diario y se enfrentaba a sí mismo cada día. Lo más difícil eran los domingos, cuando no tenía tareas y la soledad pesaba más.
Pero con el tiempo, entendió algo muy profundo: la aceptación. “El clima externo no lo puedo controlar, pero puedo aprender a convivir con él… igual que con mis emociones”, decía.

Cuando su aventura terminó, no tenía prisa por irse. Se sentó en la popa del barco con Patty a su lado y vio cómo su isla desaparecía. Última Esperanza se volvió su hogar.
Hoy vive en Vancouver, pero cada tanto se pierde solo en un lago secreto, sin decir a nadie dónde está. Porque, como aprendió en la Patagonia: la soledad también puede ser una maestra poderosa.
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