Un hallazgo que pone a pensar a los #científicos sobre cómo y cuándo aparecieron las #plumas en el reino animal. Resulta que unos #paleontólogos alemanes encontraron un fósil de un #reptil con una especie de cresta peluda, o más bien, una hilera que se parece bastante a plumas, aunque el bicho no tenga mucha relación con las aves actuales.

El tal reptil, bautizado como Mirasaura grauvogeli (que en latín significa “reptil maravilloso”), vivió hace 247 millones de años y fue desenterrado en Francia hace más de 80 años, pero hasta hace poco se entendió qué era realmente. El paleontólogo Stephan Spiekman, del Museo Estatal de Historia Natural de Stuttgart, asegura que este descubrimiento podría cambiar la forma en que pensamos el origen de las plumas.
Cuando Grauvogel, el paleontólogo francés que encontró el fósil en 1939, lo vio por primera vez, creyó que lo que tenía en las manos era la aleta de un pez. Sin embargo, cuando los científicos de Stuttgart revisaron la colección en 2019, se dieron cuenta que lo que parecía una aleta en realidad formaba parte de un reptil con una estructura especial sobre su espalda.
Al estudiar el fósil con más detalle, los investigadores encontraron que esta cresta estaba formada por láminas rígidas, no por fibras ramificadas como las plumas de los pájaros. Aun así, presentaba un rasgo sorprendente: contenía melanosomas, unos sacos microscópicos que dan color y que también están presentes en las plumas modernas. Esto sugiere que aunque no eran plumas como las conocemos, tenían similitudes genéticas y funcionales con ellas.

Esta criatura comparte linaje con otro reptil raro llamado Longisquama insignis, un “pariente” que vivió 30 millones de años después y que también tenía estructuras extrañas en su espalda. Los científicos creen que ambos formaron parte de una rama extinta de reptiles que vivían en los árboles y que su parentesco con aves y dinosaurios es muy remoto, pues se separaron hace más de 300 millones de años.
Sobre el uso de esa cresta, Spiekman descarta que fuera un paracaídas para saltar de los árboles, como se había especulado para el Longisquama. La posición y forma de la cresta indican que más bien servía para lucirse, algo así como cuando los lagartos machos muestran membranas coloridas para atraer a las hembras.

Por supuesto, este tema todavía genera debate. Richard Prum, experto en aves de Yale que no participó en el estudio, piensa que decir que esa cresta era parecida a las plumas es un error y sugiere que podría tratarse de una estructura viva, con circulación sanguínea, tal vez para regular la temperatura del reptil.
Sea como sea, lo que está claro es que la piel de los reptiles antiguos tenía mucho más potencial y variedad de lo que creíamos, y este descubrimiento abre nuevas puertas para entender su evolución.
¿Quién sabe qué otras sorpresas nos aguardan enterradas en las piedras?
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