En la costa sur de Italia, frente al mar Mediterráneo, existe un lugar donde Venezuela se siente en cada esquina. Se llama Marina di Camerota, un pequeño pueblo de apenas 3 mil habitantes que, aunque pocos lo saben, fue construido —literalmente— con dinero, recuerdos y acentos venezolanos.

Durante gran parte del siglo XX, generaciones enteras de marinaros (como se conoce a sus habitantes) emigraron a Venezuela, atraídos por el auge petrolero y la promesa de una vida mejor. Muchos regresaron décadas después; otros volvieron obligados por la crisis económica y política que estalló en los años 2010. El resultado es un lugar donde Italia y Caracas conviven como si nunca se hubieran separado.
Hoy, en Marina di Camerota, puedes encontrar una estatua de Simón Bolívar, calles llamadas Vía Bolívar, hoteles y plazas con nombres como Libertador, banderas venezolanas ondeando, puestos de perros calientes, restaurantes con arepas y pabellón criollo, y hasta referencias a playas venezolanas como Morrocoy.

La fotógrafa Fabiola Ferrero, venezolana con raíces italianas, documentó este vínculo centenario. En su relato, cuenta cómo la primera vez que visitó Marina en 2012 le pareció una curiosidad simpática ver rastros de Caracas en Europa. Años después, tras la diáspora venezolana, el fenómeno adquirió un peso emocional distinto: ya no era una rareza, era una historia compartida.
Dinero venezolano, casas italianas.
En Marina es común escuchar una frase que se repite con orgullo: “esta casa fue construida con dinero venezolano”. Gran parte del desarrollo del pueblo se levantó gracias a lo que los migrantes ganaron en Caracas, La Guaira y otras ciudades.

Personajes como Domingo Bagnati, nacido en Venezuela de padres italianos, conservan en sus casas árboles de mango traídos del Caribe, retratos de Bolívar y álbumes familiares que mezclan dos mundos. Muchos de sus hijos ya no viven en Venezuela, pero la memoria sigue ahí.
En cafés y reuniones familiares se habla italiano, español y jerga caraqueña, todo revuelto. Fotos antiguas muestran equipos de fútbol formados solo por hombres nacidos en Marina… pero que jugaban en Caracas en los años 60.
Identidad partida en dos.
Para muchos, volver a Italia no significó regresar “a casa”. Bruno D’Andrea, nacido en Caracas en 1949, confesó que nunca terminó de sentirse de un solo lugar. Otros, como Giuseppe Troccoli, dicen sin dudarlo que nacieron italianos, pero Venezuela fue su patria.

La historia se repite: migrar, construir, regresar… y volver a migrar emocionalmente. Hoy, una nueva generación de venezolanos ha llegado a Marina huyendo de la crisis, cerrando un ciclo que parece infinito.
En restaurantes familiares, jóvenes venezolanos cocinan comida criolla para turistas de verano. En invierno, el pueblo se vuelve silencioso, introspectivo, como esperando otra marea humana.
La migración no borra identidades, las mezcla. Y en Marina di Camerota, Venezuela sigue viva… aunque esté del otro lado del océano. 🌊✨

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