Lo que parecía eterno ahora enfrenta una amenaza invisible: el suelo de varias regiones de Irán se hunde hasta 25 centímetros cada año, poniendo en jaque a Persépolis y Naqsh-e Rostam, dos de los sitios arqueológicos más valiosos del planeta.

Aunque la terraza de Persépolis fue levantada hace más de 2,500 años sobre roca sólida, y en teoría se mantiene estable, el problema está en la llanura de Marvdasht, donde los suelos formados por sedimentos empiezan a agrietarse y abrir fisuras. Algunas de esas grietas ya alcanzan al famoso Kaba ye Zartosht (el Cubo de Zoroastro) en Naqsh-e Rostam.
El profesor Mahdi Motagh, del Centro de Geociencias GFZ Helmholtz, advierte que la tecnología satelital ya detecta hundimientos preocupantes. Aunque las formaciones talladas directamente en la roca permanecen firmes, el terreno blando aledaño se hunde rápidamente. “Es solo cuestión de tiempo para que los daños lleguen a otros puntos”, señala.
El origen del problema no es un misterio: la sobreexplotación del agua subterránea. Durante décadas, Irán ha gastado más agua de la que la naturaleza puede reponer. Primero secó ríos y embalses, y luego empezó a chupar las reservas bajo tierra. Resultado: más del 70% de sus acuíferos están agotados.
Según Andrew Pearson, del Centro Internacional de Evaluación de Recursos Hídricos Subterráneos, cerca del 90% del agua en Irán se destina a la agricultura, lo que acelera el hundimiento. Y esto no solo amenaza a los sitios históricos: también daña carreteras, tuberías, mezquitas y hasta el famoso Ferrocarril Transiraní, declarado Patrimonio Mundial en 2021.

La Unesco, que incluyó a Persépolis en la lista de Patrimonio de la Humanidad en 1979, reconoce la gravedad del asunto: una vez que la tierra se hunde, no hay vuelta atrás. De ahí la urgencia de una gestión más responsable del agua. Sin embargo, expertos advierten que los obstáculos políticos y sociales complican los recortes, sobre todo en regiones dependientes de la agricultura.
Irán se ha comprometido a reducir el consumo nacional de agua en 45 mil millones de metros cúbicos en siete años, mediante reutilización y riego por goteo. Pero entre sanciones internacionales, falta de inversión y burocracia, el camino es cuesta arriba.
El problema no es exclusivo de Irán: Ciudad de México, Yakarta y el Valle Central de California también han sufrido hundimientos similares. La diferencia es que en Irán la velocidad es mayor y el patrimonio cultural en riesgo es incalculable.

Casos como el de Bangkok en los años 80 demuestran que hay salida: tras limitar la extracción de agua y aplicar tarifas, la capital tailandesa redujo drásticamente su hundimiento en solo dos décadas. ¿Podrá Irán aprender de ese ejemplo antes de que las joyas del Imperio persa se pierdan bajo tierra?
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