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Así son las #vaqueras que rompen esquemas en #EE.UU. 🐎✨

En Estados Unidos, un grupo de mujeres está llevando la escara­muza, un deporte ecuestre de raíces mexicanas, a otro nivel. Aunque muchos piensen en camisas de franela y sombreros Stetson al imaginar a una vaquera, la realidad es mucho más colorida y sofisticada. En la escaramuza, lo que importa es el arte, la sincronía y los vestidos espectaculares que cubren los caballos mientras galopan a lo amazona.

Cada equipo pasa por un estricto control antes de competir: los vestidos victorianos de varias capas, a menudo llenos de encajes y colores vivos, deben ser lo suficientemente largos para cubrir los cuartos traseros de los caballos. Nada de lentejuelas o cuentas, pero accesorios como pendientes o broches tienen que combinar a la perfección. Incluso las botas y la ropa interior están reglamentadas: un solo descuido y todo el equipo puede ser descalificado.

La fotógrafa Constance Jaeggi pasó casi dos años viajando por Estados Unidos —California, Texas, Idaho, Colorado, Oregón y Washington D.C.— para capturar a estas mujeres. Su proyecto arrancó con una exposición en el Museo Nacional de la Vaquera y Salón de la Fama en Fort Worth, Texas, y luego se convirtió en el libro “Escaramuza: La poética del hogar”.

Lo que más llama la atención es el contraste: caballos fuertes y musculosos bajo capas de delicadas enaguas, un espectáculo que incluso ha inspirado a diseñadores de moda de alto nivel. Maria Grazia Chiuri, exdiseñadora de Dior, tomó ideas del traje tradicional de escaramuza, y en 2025, Vogue presentó a Kendall Jenner y Gigi Hadid luciendo vestidos de encaje estilo McQueen, enamoradas de los caballos.

Pero detrás del glamour hay una historia mucho más profunda. La mayoría de las mujeres que Jaeggi fotografió son inmigrantes de primera o segunda generación, que dedican años de esfuerzo y sacrificio para poder practicar el deporte. Desde vender pasteles para financiar los costosos vestidos hechos a mano —entre 300 y 400 dólares cada uno— hasta ayudarse entre equipos para gasolina, estas jinetes forman una comunidad solidaria con un objetivo común: perfeccionar su arte.

Además, la fotógrafa pasó horas observando ensayos, cenando con ellas y entrevistándolas. Sus conversaciones se unieron con poemas de Ire’ne Lara Silva y Angelina Sáenz, creando un retrato de feminismo, inmigración y lucha personal. “Cuando empecé a hablar con las escaramuzas, entendí la importancia de las historias orales para contar su historia real”, comenta Jaeggi.

La escaramuza también refleja la desigualdad de género en la charrería tradicional. Mientras que la charrería, declarada deporte nacional de México en 1933, sigue siendo mayoritariamente masculina, las mujeres solo podían participar como espectáculo desde 1953, y la escaramuza no se reconoció como competencia oficial hasta 1992. Hoy, los uniformes femeninos se revisan con mucho más rigor que los masculinos, un reflejo de las dinámicas de género que todavía persisten.

A pesar de las dificultades, estas jinetes mantienen viva la tradición y luchan por sus derechos. Los poemas y relatos de las participantes dejan claro que son ciudadanas de segunda clase dentro del deporte, enfrentando estereotipos y exigencias históricas que limitaban su libertad incluso en la forma de montar a caballo. Sin embargo, la hermandad que surge entre ellas les da propósito, identidad y un sentido de pertenencia.

“Una de las principales razones por las que practico este deporte es para que las niñas vean que, como mujer, también se puede montar a caballo y competir”, recuerda Jaeggi que le dijo una jineta. Y es que, aunque la tradición es fuerte, estas mujeres miran al futuro: rompiendo barreras y dejando claro que ser vaquera es sinónimo de fuerza, elegancia y rebeldía.

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Autor Redacción Amaneciendo

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