La reforma electoral que Claudia Sheinbaum prometió enviar al Congreso enfrenta un obstáculo inesperado que viene desde dentro de su propia coalición. El Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México se oponen abiertamente a la reducción de legisladores plurinominales y al recorte del financiamiento público a partidos, dos ejes centrales de la propuesta elaborada por la comisión de Pablo Gómez.

La resistencia de los aliados satélites de Morena tiene una razón elemental de supervivencia: sin las plurinominales, tanto el PT como el Verde perderían gran parte de sus posiciones en el Congreso. Ambos partidos saben que su presencia legislativa depende en buena medida de ese mecanismo de representación proporcional que la reforma pretende eliminar o reducir drásticamente.
Sheinbaum recibió el proyecto la semana pasada de manos de Pablo Gómez y anunció que lo revisaría antes de enviarlo al Legislativo. Pero la fractura interna revela que ni siquiera dentro de la coalición gobernante existe consenso sobre una reforma que se vendió como bandera de austeridad y democracia directa.
El bloqueo de los aliados pone en evidencia la fragilidad de una mayoría legislativa que parece sólida pero que se resquebraja cuando los intereses particulares de cada partido entran en juego. Morena necesita a PT y Verde para mantener su supermayoría, y ambos lo saben perfectamente.
La reforma que pretendía fortalecer la democracia termina revelando las contradicciones de un movimiento que predica transformación pero que internamente opera con las mismas lógicas de negociación y cuotas de poder que criticó durante años en la oposición.
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