LO ESENCIAL
¿Quién decretó, y bajo qué regla, que las historias de amor adolescente o universitario tienen fecha de caducidad para quien las ve? En las últimas semanas, mi feed de TikTok cambió. Está llenó de videos de mujeres de 30, 40 y hasta 50 años (muchas de ellas mamás, profesionistas o que pareciera tienen la “vida resuelta”) confesando, entre la culpa, pena y fascinación, que no pueden parar de ver Off-Campus . Lo admiten con una sonrisa desconcertada, como quien no termina de entender por qué una historia de universitarios jugando hockey las tiene pegadas a la pantalla. Yo también soy ellas y ya pasé la barrera de los 30. Y lejos de sentir vergüenza, me puse a pensar.
¿Por qué nos obsesiona una historia que, en teoría, pertenece a otra generación? La respuesta para mí, es simple pero también profunda: estamos viviendo una catarsis colectiva ante el cansancio de la toxicidad. Crecimos con un chip bien pesado. La cultura pop nos enseñó que para que el amor fuera real, tenía que doler. Nos acostumbramos a dinámicas donde los hombres huían de lo que sentían, donde las mentiras eran el pan de cada día y donde el drama desmedido era sinónimo de pasión. Aprendimos que la deshonestidad y las lágrimas son parte del precio a pagar por estar con alguien.
CONTEXTO
Leí comentarios de mujeres que decían lo mismo: pasaron los primeros capítulos con el cuerpo tenso, esperando la traición, el grito o la reacción tóxica que nunca llegó . Lo que encontramos en su lugar fue un apapacho: vimos a hombres que hablan de lo que sienten, que protegen, que respetan, que son honestos y que eligen la vulnerabilidad en lugar del ego. Vimos un amor que se siente seguro. Para las que ya dejamos atrás los veintes, Off-Campus nos regaló un boleto de regreso en el tiempo. Nos transporta a una etapa de nuestra propia vida que tal vez vivimos con demasiada inseguridad, miedos o con las personas equivocadas.

EN PERSPECTIVA
Verlo ahora, desde la madurez, nos hace suspirar y pensar: “¡Cómo me hubiera gustado una historia así! ” . Podríamos decir que es una forma de sanar nuestro propio pasado. El anhelo de conexión real no tiene códigos ni fecha de nacimiento. Podremos acumular arrugas, responsabilidades, decepciones y facturas por pagar, pero nunca vamos a perder la ilusión de encontrar un espacio donde el amor sano gane. Madurar no significa volverse inmune al romance y a todo lo que nos emociona o nos hace sentir bonito. Seguir creyendo en los vínculos afectivos basados en la honestidad, el cuidado mutuo y la paz a los 30, 40, 50 y más.. es un acto de fe y valentía… ¡Y ESTÁ BIEN!
No importa la edad que tengamos:
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