LO ESENCIAL
Mucho antes de que existieran las redes sociales, Julio Cortázar rompió las reglas de la narrativa tradicional e invitó a sus lectores a construir su propio recorrido. Puntos clave • Rayuela transformó la manera de leer una novela. • Cortázar convirtió al lector en cómplice de la historia. • Su obra dialoga con los hábitos digitales del siglo XXI. PHOENIX — Cada día, millones de personas despiertan y hacen el mismo gesto casi sin pensarlo. Deslizan el dedo sobre la pantalla del teléfono. Aparece un video de treinta segundos. Después una noticia. Luego una receta. Una escena de una película. Un músico callejero. Un científico explicando el universo. Un gato. Un poema.
Una entrevista. Un anuncio. Una fotografía histórica. Ninguna de esas piezas parece guardar relación con la anterior y, sin embargo, todas terminan formando parte de una experiencia única. Cada usuario construye un recorrido distinto, enlazando fragmentos dispersos que el algoritmo organiza de manera casi invisible. A primera vista, ese universo parece encontrarse en las antípodas de la literatura . Pero quizá no lo esté tanto. Mucho antes de que existieran Internet, los teléfonos inteligentes o las redes sociales, el escritor argentino Julio Cortázar ya desconfiaba de las historias lineales.
Intuía que la imaginación no avanzaba obedientemente de la primera página a la última, sino que daba saltos, establecía asociaciones inesperadas y encontraba sentido precisamente en aquello que parecía desconectado. Su literatura nunca intentó anticipar TikTok. Lo que anticipó fue una forma distinta de relacionarnos con las historias. Relacionado → Jorge Luis Borges imaginó un mundo que terminó pareciéndose al nuestro Cuando el lector dejó de obedecer Cuando Rayuela apareció en 1963, muchos lectores no supieron qué hacer con ella. La novela podía leerse de principio a fin como cualquier otra.
Pero también ofrecía un “tablero de dirección” que invitaba a recorrer los capítulos en un orden completamente diferente. El lector podía avanzar, retroceder, saltar páginas o descubrir caminos alternativos. Aquella propuesta rompía una de las reglas más antiguas de la narrativa. Por primera vez, el recorrido dejaba de estar completamente controlado por el autor. La historia comenzaba a construirse también desde las decisiones del lector. Hoy esa idea resulta sorprendentemente familiar. Abrimos una página web para consultar un dato y terminamos leyendo sobre un tema completamente distinto. Seguimos un enlace que conduce a otro y luego a otro más.
CONTEXTO
Saltamos entre ventanas, videos, documentos y conversaciones hasta formar un mapa mental que difícilmente habría podido predecirse desde el principio. No seguimos un camino único. Construimos el nuestro. Leer como pensamos Quizá la mayor innovación de Cortázar no consistió en alterar la estructura de una novela. Consistió en comprender que la mente humana tampoco funciona de manera lineal. Los recuerdos aparecen por asociación. Las ideas se conectan inesperadamente. Una imagen conduce a otra, una palabra despierta una memoria y una conversación termina abriendo preguntas que parecían no tener relación entre sí.

En ese sentido, Rayuela se parece menos a una novela tradicional que a un territorio por explorar. Cada lector encuentra un recorrido diferente porque cada lector piensa de una manera distinta. Esa libertad continúa siendo una de las grandes virtudes de la obra. El algoritmo y el azar Existe, sin embargo, una diferencia fundamental entre la experiencia digital y la literatura de Cortázar. Las plataformas actuales utilizan algoritmos para decidir qué contenido aparecerá después. Aprenden de nuestros gustos, registran nuestros hábitos e intentan mantener nuestra atención el mayor tiempo posible. Cortázar proponía exactamente lo contrario.
EN PERSPECTIVA
No buscaba conducir al lector hacia un destino predeterminado. Quería que se perdiera. Que dudara. Que regresara sobre sus pasos. Que descubriera conexiones inesperadas sin que nadie las hubiera calculado previamente. El azar ocupaba un lugar que hoy parece reservado al algoritmo. Y esa diferencia cambia por completo la experiencia de leer. Julio Cortázar y el lector cómplice Cortázar hablaba con frecuencia del lector cómplice. No quería un lector pasivo que simplemente recibiera una historia terminada. Esperaba alguien dispuesto a completar silencios, aceptar incertidumbres y participar activamente en la construcción del relato. Esa idea atraviesa buena parte de su obra.
En Continuidad de los parques , la frontera entre ficción y realidad desaparece sin previo aviso. En Axolotl , la identidad deja de ser una certeza para convertirse en una experiencia inquietante. En sus célebres Instrucciones , los actos más cotidianos adquieren una dimensión inesperada, obligando al lector a observar la realidad desde otro ángulo. Nada aparece completamente explicado. Todo invita a participar. ¿Las redes sociales cambiaron la lectura? Es frecuente escuchar que plataformas como TikTok han destruido la capacidad de concentración y alejado a las nuevas generaciones de los libros. La realidad probablemente sea más compleja.
Las formas de leer han cambiado muchas veces a lo largo de la historia.
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