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#Ebrard presume récord en #inversión extranjera, pero el discurso no coincide con los resultados reales

El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, volvió a presentarse como portador de “buenas noticias” para la economía mexicana, esta vez asegurando que el país cerrará el trimestre con casi 41,000 millones de dólares en inversión extranjera directa. El anuncio llega en un momento en el que la administración federal intenta proyectar fortaleza económica pese a señales claras de desaceleración, tensiones comerciales y crecientes dudas sobre la gobernanza económica de la 4T.

Aunque Ebrard habló de un incremento del 15% respecto a 2024, evitó señalar que gran parte de la IED que recibe México sigue concentrándose en los mismos estados de siempre y que la brecha entre regiones continúa profundizándose. Tampoco mencionó que buena parte del “capital fresco” sigue sujeto a volatilidad, sobre todo ante la incertidumbre regulatoria que el propio gobierno ha generado con decisiones improvisadas y mensajes contradictorios hacia la inversión privada.

El funcionario destacó que las “nuevas inversiones” pasaron de cifras mínimas a cerca de 6,500 millones de dólares, pero no aclaró que parte de ese aumento responde a recompras corporativas y a efectos contables derivados del nearshoring, no necesariamente a un ambiente interno más competitivo. La narrativa triunfalista omite que México sigue perdiendo terreno frente a países asiáticos que ofrecen mayor certidumbre jurídica y políticas industriales claras, mientras la 4T continúa apostando por mensajes políticos antes que por claridad regulatoria.

Ebrard también insistió en que las exportaciones siguen creciendo pese a la entrada de nuevos aranceles, pero dejó fuera de su explicación el costo oculto que estos ajustes están generando en manufactura, energía y transporte. Mientras tanto, el gobierno federal sigue sin presentar una política industrial integral, y el impulso a la innovación y la tecnología permanece rezagado respecto a economías con las que México compite directamente.

Otro de sus anuncios fue que México será sede de la Cumbre de APEC en 2028, un logro diplomático que suena bien en el discurso, pero cuyo impacto real dependerá de si el país logra sostener una posición creíble en materia de apertura económica y gobernanza. La 4T ha enviado señales mixtas, celebrando al mismo tiempo la inversión extranjera mientras respalda políticas que ahuyentan certidumbre, desde decisiones energéticas opacas hasta tensiones con organismos autónomos.

El optimismo mostrado por Ebrard contrasta con las advertencias de expertos que apuntan a una posible desaceleración para 2026 si no se corrigen los desequilibrios estructurales. La insistencia en presentar datos positivos sin reconocer los retos puede funcionar en conferencia de prensa, pero no cambia la percepción creciente de que el gobierno federal está administrando inercias heredadas y no construyendo una verdadera estrategia de largo plazo.

En conjunto, el mensaje de Ebrard intenta proyectar una economía dinámica y estable, pero detrás del discurso hay un país que aún enfrenta incertidumbre regulatoria, tensiones con inversionistas y una política económica que prioriza la narrativa política antes que las reformas necesarias para sostener el crecimiento. Mientras tanto, la administración de Sheinbaum intenta capitalizar resultados que no necesariamente son producto de sus decisiones, sino de factores externos y del empuje del sector privado que opera a pesar del gobierno, no gracias a él.

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Autor Eduardo Martinez

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