Washington y Caracas sellaron el restablecimiento de relaciones diplomáticas y consulares, rotas desde enero de 2019, en un giro geopolítico impensable hace apenas unos meses. La decisión se produce dos meses después de la captura de Nicolás Maduro en Caracas durante una incursión militar ordenada por Estados Unidos, tras la cual Delcy Rodríguez asumió como presidenta interina de Venezuela.

El Departamento de Estado presentó la medida como parte de un proceso orientado a una transición pacífica hacia un gobierno elegido democraticamente. El anuncio incluye el aumento de la presencia diplomática estadounidense tras la reapertura de la embajada en febrero y el nombramiento de representantes en ambos países. Aunque la Constitución venezolana prevé elecciones para un gobierno provisional, todavía no hay fecha definida.
El acercamiento tiene una fuerte dimensión energética que lo explica todo. Washington ha priorizado el negocio petrolero y gasífero, con nuevos contratos tras la aprobación de una ley de hidrocarburos que abre el sector al capital privado y al arbitraje internacional. Esta semana se firmó un acuerdo entre Shell y una empresa venezolana, y el secretario del Interior de Estados Unidos, Doug Burgum, visitó Caracas para consolidar la cooperación.
Trump no escatimó en elogios hacia Delcy Rodríguez, a quien presentó como ejemplo político, y afirmó que Venezuela está estabilizada. El interés estadounidense no se limita al petróleo: se extiende al desarrollo minero, vinculado a la seguridad nacional, aunque persisten serios interrogantes sobre el Arco Minero del Orinoco, zona señalada por graves impactos ambientales y presencia de grupos armados.
La normalización diplomática avanza así en paralelo a una agenda económica estratégica que redefine la relación bilateral. Para Trump, Venezuela se suma a su lista de logros en política exterior junto con la ofensiva contra Irán. Para los venezolanos, el futuro sigue siendo incierto bajo un gobierno de transición que nadie eligió en las urnas.
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